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El imperativo del acreedor
(EL PAÍS, 7-9-2011)
¿Y quién administra la indignación?
(EL PAÍS, 24-5-2011)
Verificable, una palabra vacía
(EL PAÍS, 15-1-2011)
(EL PAÍS, 23-11-2010)
(EL PAÍS, 17-10-2010)
Todos tontos
(ABC, 18-12-2008)
Schuster nos alivia
(ABC, 11-12-2008)
La cúpula de los locos
(ABC, 13-11-2008)
"Storytelling"
(ABC, 26-10-2008)
Garzonadas, décimo aniversario
(ABC, 19-10-2008)
La gran extorsión
(ABC, 16-10-2008)
Rioja contra la crisis
(ABC, 2-10-2008)
Lunes al sol en Wall Street
(ABC, 18-9-2008)
El gorro de Papá Pitufo
(ABC, 15-9-2008)
No vuelvan al teatro
(ABC, 13-9-2008)
El imperativo del acreedor
(EL PAÍS, 7-9-2011)
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Nos esperan restricciones y rigor, nada de austeridad y equilibrio. Pero si esos principios ya han impregnado las políticas económicas de los Gobiernos, ¿qué necesidad hay entonces de inscribirlos en la Constitución?
Proclamarse austero hace solo cinco años resultaba una provocación. Lo recuerdo muy bien, porque en aquella época había dejado mi trabajo fijo en una redacción y no me quedó otro remedio que imponer severos recortes a mis gastos. Se trataba de restricciones y así hubiera debido llamarlas, pero en conversaciones en las que cualquiera relataba alegremente una Nochevieja en Estambul financiada a crédito, necesitaba un eufemismo que no me convirtiera en una inadaptada. En aquellos años, sugerir que una se privaba de algo -cuando tenía a todos los bancos dispuestos a impedirlo- equivalía a ser considerada una avara, algo insoportable para todos los que de pequeños leímos la historia de Ebenezer Scrooge en el Cuento de Navidad de Dickens. Yo misma me asignaba el calificativo de "austera", pues aunque también despertaba sospechas, al menos me asimilaba a la sobriedad, no a la avaricia. La definición de "austero" de María Moliner me reafirmaba: "Aplicado a las personas y costumbres, reducido a lo necesario y apartado de lo superfluo o agradable".
La relación con el dinero reviste tal importancia en la cultura occidental que existen multitud de palabras para definirla con sutileza. Por eso mismo, resulta muy sensible a la tergiversación: una mera diferencia de grado convierte la acción de ahorrar en escatimar; un matiz separa el gasto del dispendio y puede convertir la cualidad de ser generoso en el defecto de la prodigalidad. La elección de "austeridad" como palabra fetiche del discurso dominante no resulta casual. Recuerdo a la perfección el día que la vicepresidenta Salgado presentó los Presupuestos de 2011 calificándolos de austeros, cuando eran de hecho restrictivos, porque yo ya lo había hecho antes.
Lo cierto es que las políticas de reducción del déficit no buscan evitar los excesos y prescindir de lo superfluo, sino imponer severos recortes incluso en partidas tan necesarias como la sanidad o en otras que constituyen una inversión y no un gasto, como la educación. La generalización del uso de "austeridad" tiene dos efectos muy visibles en el discurso público. En primer lugar, pone el acento en el capítulo de los gastos y deja de lado los ingresos, pese a que el déficit no es más que la relación de los primeros y los segundos. Además, permite presentar los recortes con connotaciones positivas, no solo porque parece razonable gastar menos cuando se ingresa menos, sino porque el rechazo a los excesos implícito en el comportamiento austero entronca, por un lado, con el "justo medio" aristotélico, el lugar de la virtud en la Grecia clásica, y por otro con el ascetismo cristiano, según el cual el alejamiento de lo material facilita la espiritualidad y el encuentro con Dios. Para creyentes y ateos, la austeridad apela a valores profundos, a raíces culturales que nos la hacen aceptable como parte de un camino virtuoso. No es solo que la palabra "restricción" resulte demasiado clara, es que carece del sedimento moral de toda virtud: no es trascendente ni nos hace mejores; es meramente coyuntural, un mal trago que hay que pasar.
El medio virtuoso vuelve a aparecer en esa frase que, si nada lo remedia, quedará inscrita con letras de oro en la Constitución Española: "Estabilidad presupuestaria". Al parecer hubo discrepancias a la hora de redactar el nuevo artículo, pues el PP prefería otro agradable eufemismo: "Equilibrio presupuestario". La querencia me trajo a la memoria una afirmación del ministro Valeriano Gómez, quien hace unos meses vaticinó que alcanzaremos el equilibrio en el mercado laboral cuando ni se cree ni se destruya empleo. Hombre, no; más bien llegará cuando la cifra de demandantes de empleo se acerque al número de puestos ofertados. Con el déficit ocurre algo parecido: lo equilibrado para un Estado es asumir un cierto endeudamiento, acorde a sus ingresos, porque permite acometer iniciativas de gran envergadura que de otro modo resultan imposibles, como la construcción de infraestructuras. Definir el déficit cero -o 0,4% tanto da- como el punto de equilibrio es un mal chiste, como el de los cero grados que no son ni frío ni calor. Para ser precisos habría que llamar "rigor presupuestario" a la política de no gastar ni un céntimo más de lo que se ingresa, aunque se comprende que ninguno de los dos partidos haya peleado por esa frase, tan fea como fiel a la realidad.
De manera que nos esperan restricciones y rigor, nada de austeridad y equilibrio. Pero si esos principios ya han impregnado las políticas económicas de los Gobiernos, obedeciendo a los dictados de acreedores, especuladores y mercados, ¿qué necesidad hay de inscribirlos en la Constitución? ¿Acaso supone una garantía de su cumplimiento? No parece, y no solo porque se vayan a prever excepciones -por ejemplo, en situaciones de recesión económica-, sino porque los Gobiernos no se van a multar a sí mismos si fallan. Por otro lado, tampoco el hecho de que hasta ahora la Constitución no incluyera ese precepto no ha dado carta blanca a ningún Gobierno para considerarse libre de sus compromisos.
En el fondo, no es extraño a las constituciones recoger principios que son de difícil aplicación. En la nuestra figura desde hace años el derecho al trabajo de los españoles y ningún ministro ha ido a la cárcel a causa de los cinco millones de parados. Sin embargo, permite a los ciudadanos identificar aspiraciones compartidas en asuntos que consideramos especialmente relevantes porque forman el núcleo de nuestros valores como país: que trabajen todos los ciudadanos que lo desean, que no exista discriminación, que España sea un Estado social y democrático donde rija el imperio de la ley. No son vaciedades, sino principios que configuran un relato. Su valor estriba precisamente en que no operan solo en el ámbito de la realidad, sino sobre todo como referencia, como ideal identificable para el conjunto de la sociedad. Enuncian tanto lo que somos como lo que queremos ser: aquello en que ciframos nuestra perfectibilidad.
Al consagrar en el texto legal de más alto rango que el pago de los créditos de las Administraciones "gozará de prioridad absoluta", se está dando un giro radical al relato que hasta ahora nos habíamos construido, el del Estado como principal garante de la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos. De pronto irrumpen en él los intereses de los acreedores para erigirse en intereses de carácter general, que se antepondrán si llega el caso a la igualdad, a la libertad y al bienestar. El imperativo del acreedor pasa a ser imperativo nacional. Se convierte su prioridad en la nuestra; sus necesidades particulares, en objetivos comunes. Y si bien resulta comprensible que ellos quieran cobrar, no lo es hacer de eso la función primordial de un Estado.
Nadie niega la necesidad de limitar el gasto, pero hay que determinar el lugar correcto de esa limitación en la totalidad de las preocupaciones del Estado. Un Parlamento que, en las circunstancias actuales, da un carácter relativo a la preocupación del paro o la falta de crédito a las empresas, mientras erige en absoluta la preocupación por los acreedores, está de hecho admitiendo la hegemonía del poder financiero.
Se trata del remate final de una crisis en la que los bancos salen indemnes de aquellos asuntos relevantes en los que se han visto directamente implicados: la dación en pago, el crédito a las empresas, los agujeros del ladrillo. No ha sido posible que contribuyeran a aliviar a los hipotecados, no ha habido forma de forzarles a conceder créditos a los empresarios asfixiados. El Estado, en cambio, sí ha corrido en su socorro cuando han necesitado cuadrar sus balances. La limitación del déficit solo viene a ratificar su triunfo, porque los enunciados de carácter político quieren decir mucho más de lo que dicen. Dos simples palabras, "prioridad absoluta", encierran la sumisión del poder político al poder financiero. Había que escribirlo en la Constitución para que nos vayamos enterando de quién manda.
¿Y quién administra la indignación?
(EL PAÍS, 24-05-2011)
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Hay gente que se ha indignado con los indignados. Juzgan la protesta contraproducente porque el PP ha barrido en las elecciones, al tiempo que consideran desquiciado un país en el que la izquierda toma las calles, mientras la derecha llena las urnas. No han entendido nada. La protesta de los indignados no es la causa del batacazo del PSOE, sino la consecuencia. Situados ante la disyuntiva de ratificar las políticas antisociales del PSOE o las que hará el PP, los ciudadanos han contestado que un recorte es un recorte es un recorte...
La reclamación de una regeneración democrática no es despreciable, desde luego. Pero seamos sinceros: cuánto mejor soportábamos la corrupción y la falta de democracia interna en los partidos cuando teníamos trabajo y un estatus razonable. Si los ciudadanos han clamado contra el bipartidismo es porque no ofrece alternativas reales en política económica. Y el PSOE no solo ha fracasado en ojear su presunto pedigrí socialdemócrata, sino que ha impulsado las reformas de signo neoliberal: atémonos los machos porque esto reduce su margen de crítica desde la oposición. Algunos potenciales votantes socialistas se han quedado en casa o se han decantado por otro partido (de ahí la subida de IU y UPyD) mientras los más animosos marchaban a la Puerta del Sol. El peor resultado de la historia del PSOE no se debe a un voto masivo al PP -que ha cosechado solo un tercio del millón y medio de sufragios perdido por el PSOE-, sino a que el amplio sector ciudadano con preocupaciones sociales ha visto cómo Zapatero desertaba de la inspiración socialdemócrata para encarrilarse por las vías del economicismo estrecho, el mercado sin ataduras y la irresponsabilidad de los poderes económicos y financieros.
El Movimiento 15-M, por el contrario, nos obliga a pensar políticamente, como quería Tony Judt. Algunos han tratado de encontrar en los miles de carteles de Sol un programa, cuando lo que sale de allí es un aullido. Es el grito de quienes ven encanijarse su condición de ciudadanos en una democracia autosatisfecha. Se trata de una realidad que discurría de forma subterránea y ha sacado a la luz el 15-M, pero que no se agota con estas elecciones ni lo hará con las del año que viene. Intuyo que estamos viviendo el inicio de una serie de revueltas que sacudirán toda Europa durante años.
Los gritos de los indignados se han etiquetado rápidamente con la épica revolucionaria, pero reclamaban eso tan reformista que la izquierda oficial ha soltado como si fuera un pesado lastre: el ideario socialdemócrata, según el cual el problema no es individual, sino colectivo; la política debe definir el marco jurídico, social y económico en que se desenvuelve la actividad del mercado y no a la inversa; y la función del Estado no es proporcionar a los banqueros los medios para hacerse más ricos, parafraseando a Keynes, sino impartir algo de justicia en las relaciones económicas. Mientras los partidos de izquierda se muestren temerosos de defender ese discurso, lo hará la calle.
Y lo hará con todo sentido. Porque afirmar que la derrota del PSOE se debe a la crisis encierra una de las contradicciones políticas más gloriosas de las últimas décadas. Una crisis provocada por la codicia financiera y la burbuja inmobiliaria -sendos fracasos del mercado- debería haber desembocado en una deslegiti-mación de los postulados neoliberales, un discurso que explicara las causas de la crisis y señalara a los responsables, además de no avergonzarse de pedir nuevas regulaciones para evitar futuras crisis. Sin embargo, ha ocurrido lo contrario: los mercados han renovado sus ímpetus al asumir los gobernantes con toda naturalidad sus exigencias. Con asombro, hemos visto al ministro José Blanco de gira para vender el stock inmobiliario español, en lugar de trabajar por el derecho de los españoles a una vivienda consagrado en la Constitución. Por no hablar de ese atribulado Papandreu al que solo le falta poner en venta a Zeus y todos los dioses del Olimpo.
Mientras toda la ambición política de la izquierda oficial consista en hacer méritos con el déficit para parecerse a la derecha, sus votantes contestarán como lo han hecho en estas elecciones: no con mi voto. A menos que recupere y actualice -es decir, globalice- el discurso socialdemócrata, la derecha seguirá ganando en las urnas y las calles hervirán. Se cuestionará la propia democracia, como hemos visto, porque si no hay alternativas económicas, la elección que se ofrece a los ciudadanos es, en efecto, ficticia: una triquiñuela semejante a la que se le hace a un hijo adolescente cuando se le pregunta si quiere comer con los abuelos el sábado o el domingo, para que crea estar eligiendo algo, cuando en realidad le estamos imponiendo una pesada reunión familiar. Si los mercados no están controlados por el poder democrático se hurta a los ciudadanos el autogobierno en asuntos económicos, los fundamentales. Por eso han estallado: no quieren compartir mesa con esos voraces abuelos de los mercados y encima pagarles el festín, pero no encuentran a nadie que administre su indignación.
Verificable, una palabra vacía. (EL PAÍS, 15-01-2011)
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El último comunicado de ETA constituye un episodio más en la negociación por el poder que está teniendo lugar entre los terroristas y Batasuna. Es cierto que el Tribunal Supremo los considera la misma cosa: esa verdad judicial ha resultado crucial para desenmascarar la complicidad criminal de quienes, sin empuñar pistolas, resultaban imprescindibles para cometer atentados y legitimar a ETA. Sin embargo, juzgar no es lo mismo que comprender, y esto último requiere matices. También el médico, por más que juzgue graves todos los cánceres, debe conocer las diferencias entre el de páncreas y el linfático para tratarlos correctamente.
En esta negociación se intenta dirimir quién manda en el mundo abertzale. Históricamente lo venía haciendo ETA, hasta que Batasuna decidió disputar esa hegemonía con la Declaración de Guernica (25-9-2010). Para ello se apoyaba, entre otras, en las muletas de Eusko Alkartasuna y de Aralar, el partido de los que, derrotados, se marcharon para no someterse al poder de los terroristas. En la declaración se reclamaba "una situación de no violencia con garantías", basada en "un alto el fuego permanente, unilateral y verificable por la comunidad internacional". Batasuna pedía a ETA tres palabras. En el primer asalto ha conseguido dos; una, en realidad, porque la banda ya calificó de "permanente" la tregua de 2006 para luego romperla. Poca cosa.
La decepción es aún mayor al repasar los principios Mitchell, invocados en la Declaración de Guernica. Batasuna recoge tres, los referidos al "uso de medios exclusivamente democráticos y pacíficos", la "oposición a la amenaza de recurrir a las armas" y el "respeto a los acuerdos" con el compromiso de "recurrir solo a métodos exclusivamente democráticos y pacíficos" para modificarlos. Todo ello se resume en el calificativo que Batasuna parece ahora echar en falta: "irreversible". Sin embargo, no se lo pidió a ETA, lo cual revela que o bien asumió su debilidad de origen en la negociación o bien quiere hacernos creer que se ha distanciado de la banda más de lo que lo ha hecho en realidad.
Los principios Mitchell son las seis reglas acordadas por los Gobiernos británico e irlandés y los partidos del Ulster a las que todos -incluido el Sinn Féin- aceptaron someterse para entablar conversaciones sobre el futuro de la región. La Declaración de Guernica recoge el primero, el cuarto y el quinto (citados más arriba), pero deja de lado el segundo y el tercero, que hacen referencia al "desarme total de todas las organizaciones paramilitares" y a que "dicho desarme debe ser verificable por una comisión independiente".
El senador Mitchell no aplicaba el adjetivo "verificable" a un alto el fuego, como hace Batasuna, sino al desarme, porque un alto el fuego resulta tan evidente que no requiere comprobación alguna. La verificación se ha venido entendiendo internacionalmente -no solo en el Ulster, sino también en procesos como el desmantelamiento de la Contra nicaragüense hace 20 años- como una comprobación de que los grupos armados destruyen sus arsenales. Pero si no hay irreversibilidad, si no hay un abandono definitivo de las armas, ¿qué se va a verificar? ¿Que no hay atentados, kale borroka o extorsión empresarial? Es la clase de noticias que ya verifican los periódicos a diario, ciertamente, aunque agradecemos el interés de los premios Nobel por los problemas de España.
Desde el momento en que Batasuna pervierte los principios Mitchell -invocándolos- y desiste de mencionar el "desarme", para facilitar a ETA su ínfima concesión, ella misma desvirtúa la batalla por el poder que parece plantear con la Declaración de Guernica: la única palabra que logra arrancarle a ETA está vacía de antemano.
Si el poder es, tal como lo definió Max Weber, "la probabilidad de que un actor en una relación social ejecute su voluntad frente a la resistencia de otros", parece obvio que la izquierda abertzale no ostenta un poder sustancial sobre ETA: solo se atreve a pedir una palabra huera. La posición de Batasuna es débil, por eso trata de investirse de cierta autoridad obteniendo alguna concesión que le permita presentarse a las elecciones de mayo. Pero sus exigencias son muy superiores a su distanciamiento de la violencia, tímido en el mejor de los casos, engañoso en el peor. Con la ley en la mano, resulta imposible hacerla, a la vista de que la correlación de fuerzas en el mundo abertzale sigue siendo muy favorable a ETA.
La buena noticia es que la banda terrorista resolvió desavenencias anteriores con la incuestionable autoridad que conceden las bombas, como ocurrió en la T-4. Ahora ha contestado que no lo va a hacer, por el momento. Batasuna tampoco ha mostrado su decepción: ha afirmado que espera más de ETA. Por lo tanto, siguen negociando. Hay otra buena noticia: todos los partidos -vascos y no vascos-, salvo el PP, han tratado en uno u otro momento de persuadir a ETA de que deje las armas. Y todos han salido escaldados. El círculo de los desengañados se ha ido ensanchando con el tiempo. A la banda terrorista ya solo tratan de convencerla los suyos. El tiempo que tarden en sufrir el desengaño definitivo es el que resta para el final de ETA.
Un médico rural en Haití (EL PAÍS, 23-11-2010)
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Como siempre, Kafka tenía la respuesta. Parece que hubiera divisado con un catalejo el futuro de esa media isla exhausta llamada Haití, con su interminable reguero de muertos, y que hubiera escrito Un médico rural para explicarnos cómo nos sentimos. El protagonista de su relato recibe un aviso urgente en medio de la noche: hay un enfermo grave en un pueblo a 10 millas de distancia. El invierno es helador en un lugar indeterminado, tal vez Europa, y en una época no revelada, quizá la nuestra. Su sentido de la responsabilidad moral hacia sus semejantes le mueve a actuar, como a tantos de nosotros. Se apresta a partir, coge su abrigo y su maletín, sale a toda prisa. Pero su caballo murió la noche anterior y no puede emprender el viaje. Su desazón aumenta. Se detiene en el patio de su casa "sin sentido alguno, cada vez más inmóvil, cada vez más cubierto por la nieve".
La tragedia ajena lo sacude de improviso, como a nosotros aquel día de enero en que encendimos la televisión y supimos del devastador terremoto en Haití. También sentimos el impulso de actuar. No es fácil para nuestra imaginación representarse más de 200.000 muertos, y aún así ¿quién no se sintió concernido? ¿Cómo pasar por alto la saña que significan ahora el huracán y el cólera? ¿Cómo no rabiar ante la idea de que los haitianos puedan hundirse en un dolor infinito y agonizar uno a uno en la acera hasta que el país quede convertido en un inmenso sepulcro? ¿Quién no se ve inmóvil frente al televisor, cubierto de paralizantes copos de nieve?
La necesidad de actuar es acuciante; la impotencia, absoluta. En el mundo interconectado de hoy las grandes desgracias ocurren muy cerca, al alcance del mando a distancia. Los medios de comunicación nos transportan hasta ellas de forma virtual. Sin embargo, cuando queremos ponernos en marcha, los seres reales sufren lejos de donde alcanzan nuestros pequeños actos de alivio: no tenemos caballo.
Al médico kafkiano se le presenta una solución. De repente, de entre las sombras del establo emerge un siniestro mozo de cuadras. Se trata de un desconocido, pero trae los ansiados animales. El médico parte por fin, aunque apesadumbrado por dejar a su sirvienta sola con ese individuo amenazador. En un segundo recorre la distancia que lo separa de su enfermo. Todo tiene un aire sobrenatural: la aparición del mozo, los caballos, el viaje instantáneo. Antes de darse cuenta, ha llegado donde quería, pero no deja de reconcomerle el pensamiento de su criada en peligro. Para colmo, en cuanto reconoce al paciente, este no se encuentra tan grave como le habían dicho, solo algo anémico. La angustia lo embarga de nuevo. Ha dejado desvalida a Rosa para ir donde no le necesitaban: la emergencia siempre parece estar donde él no está. Le resulta imposible atender todo el sufrimiento.
Del mismo modo, se nos aparecen a nosotros las organizaciones humanitarias que, de manera prodigiosa, como caballos sobrenaturales, se desplazan de inmediato al lugar de la catástrofe. Multitud de ellas están en Haití desde hace meses. ¿Y bien? ¿No ha habido entretanto inundaciones en Pakistán y en China? ¿No mueren de sarampión los niños en África? Y si los más magnánimos de entre nosotros hubieran corrido en pos de otra urgencia, ¿no deberían ahora regresar a Haití ante el brote de cólera? En un mundo sembrado de hambre, enfermedad e injusticia, ¿adónde debemos acudir? El médico desespera: "Yo no soy un arreglamundos, solo soy un médico del distrito que hace lo que debe hasta el límite, casi hasta donde es demasiado. Aunque estoy mal pagado, soy generoso y ayudo a los pobres".
El cuento no termina aquí. Sumido en la culpa, la frustración y el sinsentido, lleva a cabo un segundo reconocimiento del enfermo. Entonces ve una herida en su costado que le había pasado desapercibida, una laceración espantosa en la que anidan gusanos manchados de sangre, un desgarro mortal. No puede hacer nada. No hay solución. La impotencia le asalta de nuevo. La ciencia tiene sus limitaciones y a él le flaquean las fuerzas. Sin embargo, la familia del paciente esperaba la salvación y ahora, contrariada, quiere matar al médico por no haber obrado el milagro. Confiaban a sus manos de cirujano lo que ya no piden al párroco: su superstición solo ha cambiado de objeto. Su ira se dirige contra él como la de los haitianos se desata contra los cascos azules de la ONU, acusados sin fundamento de haber importado el virus del cólera.
El médico rural somos nosotros: nulos ante catástrofes humanas que nos interpelan, inconsecuentes con la responsabilidad moral que sentimos, sabedores de que la naturaleza no se ensaña con los pobres por casualidad, inútiles ante injusticias que nos es dado conocer, pero no reparar. Como siempre, Kafka tiene una respuesta que plantea nuevas preguntas. Su médico se siente "viejo, desnudo, expuesto al frío helado de esta época desgraciada". Y el enfermo le arroja a la cara el reproche de millones de haitianos: "Vine al mundo con una hermosa herida. Es todo lo que he recibido".
La rebelión de las élites (EL PAÍS, 17-10-2010)
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Qué escaso respiro nos ha concedido la derecha americana. Al alivio causado por la derrota de los neocons le ha sucedido, sin darnos tiempo a coger aire, el auge de un movimiento como el Tea Party, tan pintoresco que no sabemos si tomarlo en serio o no. Se atavían con camisetas anti-Obama, se tocan con sombreros coloniales, remedando a los amotinados de 1773 contra los impuestos de la corona británica y se cuelgan al cuello cadenetas de flores con los colores patrios. Su puesta en escena roza lo bufonesco y, como rasgo de carácter, destaca su predisposición biliosa: todos están enfadados siempre con todo, Washington, el Estado, Obama, los impuestos, los rescates bancarios, la promiscuidad sexual.
Resulta tentador desdeñarlos como un movimiento marginal, una excrecencia ultra de la derecha americana que, por su propio radicalismo, no tendrá sitio en las instituciones tras las elecciones de noviembre próximo, como sugieren las encuestas. Y también se puede confiar en que, si el Tea Party sigue ampliando su penetración popular, perderá en pureza doctrinaria, porque a las ideas dogmáticas les ocurre como a los fardos pesados: o se transportan poco tiempo o se aligeran. Me temo, sin embargo, que el sustrato reaccionario que anima al Tea Party está arraigando en el mundo occidental y especialmente en Estados Unidos. Sus ciudadanos fueron persuadidos de que la historia había llegado a su fin y en la estación término mandaban ellos, pero ahora ven mucho más probable que la historia siga su curso y, sin embargo, acabe la hegemonía estadounidense. Temen el futuro.
Lo cierto es que el 18% de estadounidenses que se identifican como seguidores de este movimiento descentralizado y formado por cientos de grupos autónomos tienden a ser republicanos, blancos, varones, casados, de más de 45 años y con un nivel económico y una formación superiores a la media, según una encuesta publicada por The New York Times (15-9-10). Si pensamos en manos de quién ha estado el poder político, económico, religioso e intelectual los últimos dos siglos, aparece exactamente el mismo retrato robot: biempensantes hombres blancos de mediana edad con cierto estatus socioeconómico. Encarnan el perfil que hasta no hace mucho podía identificarse con la élite conservadora dominante y, en el caso de Estados Unidos, con el establishment nacional del poder mundial.
Ese sujeto histórico vio cumplidas las promesas de la modernidad y se liberó pronto del despotismo, la miseria y la ignorancia. Pero, oh, paradoja, cuando a partir de los años sesenta esas ilusiones desembarcan en la playa de los negros, las mujeres o los homosexuales, algunos creen llegado el momento de detener la liberación. Por fortuna, otros hombres blancos de mediana edad tenían ya de antiguo un concepto más extenso de la emancipación. Es el caso de uno de los personajes singulares de la Revolución Francesa, Condorcet, que desde primera hora fue consecuente con las ideas de libertad, igualdad y fraternidad, y se declaró antiesclavista, feminista, anticolonialista, anticlerical: ilustrado hasta las últimas consecuencias. Defendió "la destrucción de la desigualdad entre las naciones, los progresos de la igualdad en un mismo pueblo y, en fin, el perfeccionamiento del hombre". Moderado en tiempos revolucionarios, murió en la cárcel.
Los seguidores del Tea Party, por el contrario, son revolucionarios en esta época de aparente flacidez ideológica. Se sienten enajenados del poder, pues tradicionalmente había sido ocupado por su nación y por el sujeto histórico que ellos representan. Y ahora deben competir por el dinero, el puesto de trabajo, el estatus o la autoridad intelectual con seres antaño periféricos que solían quedar descalificados para la carrera antes de empezar. Nadie ha vulnerado sus derechos, pero al materializarse su extensión a toda la población, sienten que se les han arrebatado sus viejos privilegios, lo cual es rigurosamente cierto. La no discriminación y el reparto del poder acaban cristalizando en la presencia de un negro en la Casa Blanca, una boda gay o ese G-20 donde los brasileños opinan sobre la economía mundial. En ese momento, el varón blanco conservador de mediana edad se subleva. Si Ortega viviera, ¿no llamaría a este fenómeno "la rebelión de las élites"?
Los teapartyers proclaman su rebeldía contra "el despotismo de Washington", y piden la partida de nacimiento de Obama porque conceden menos legitimidad a las urnas que a la tierra de nacimiento, reivindicación que adquiere ribetes ridículos en un país como Estados Unidos. Son furibundamente antipolíticos, pero no como lo fueron los anarquistas españoles hace un siglo, cuando la política era el coto reservado de la oligarquía, sino ahora, porque ven que la democracia, tomada en serio, acaba con las preferencias ventajosas de cualquier grupo social. Se han dado cuenta de que Jules Romains tenía razón cuando afirmaba que "la idea de justicia, o más bien la idea de igualdad de derechos, es como un fuego en la maleza. Querríamos detenerlo en alguna zanja, pero salta por encima".
Al dirigirse contra ese incendio amenazador, la rebeldía de las élites adquiere un carácter reaccionario: cuando el establishment favorece la revolución lo hace con el propósito de perpetuar su dominio. Quieren detener en alguna zanja el reparto de poder para restaurar aquel mundo jerárquico y ordenado en que se sentían seguros de su hegemonía y solo disputaban con sus iguales. Naturalmente, se ha visto algún negro en sus manifestaciones y no faltan en sus candidaturas mujeres como Christine O'Donnell, la revelación del Tea Party en las primarias republicanas de Delaware. Además de condenar la homosexualidad y equiparar la masturbación con el adulterio, el matonismo retórico de O'Donnell defiende el papel de esposa y madre para las mujeres. Solo los convencidos -y sé que abundan en estos tiempos- de que la identidad tiene más peso que las opciones políticas individuales pueden considerarlo una anomalía.
Los dardos de los teapartyers no solo se dirigen contra Obama, sino también contra los moderados del Partido Republicano, esos que en España suelen ser calificados de "maricomplejines" por la furiosa derecha mediática. Allí, como aquí, una histérica blogosfera y ciertas cadenas de televisión están desempeñando un papel fundamental a la hora de legitimar a la extrema derecha. Como ha explicado Manuel Castells, en la sociedad red global -la nuestra- los medios "no son el cuarto poder. Son mucho más importantes: son el espacio donde se crea el poder". Las relaciones de poder que se creen estarán, pues, moldeadas por los pequeños predicadores que adoctrinan en lugar de informar, difaman o caricaturizan al adversario y optan por una narrativa apocalíptica para satisfacer a esa audiencia que prefiere confirmar sus prejuicios a contrastar sus opiniones. Naturalmente, siempre ha existido gente así, como siempre ha habido reverendos dispuestos a quemar ejemplares del Corán. La diferencia es que Terry Jones con sus 50 parroquianos carece, desde cualquier punto de vista, de significado político y, sin embargo, lo adquiere hoy porque los medios así lo deciden. Desde el momento en que le otorgan visibilidad, sus delirios estimulan los de otros y se abren hueco en la agenda de los partidos.
En Europa no ha emergido aún un Tea Party que sintetice esas quejas de la vieja élite cuya rebeldía está también llegando al punto de ebullición, aunque algunos líderes hacen sus pinitos. No puede ser casual que el primero en descollar como xenófobo y machista haya sido Berlusconi, que dispone de un control casi absoluto de la televisión pública y privada italiana: en su caso la agitación política y la mediática van de la mano. En España, los medios han tomado la delantera a los partidos, así que los imitadores del estilo Fox News van a tener que esperar a su mesías algún tiempo más: el sector del PP inclinado a la rebelión derechista ha atemperado sus ánimos en cuanto han asomado las primeras encuestas favorables. Porque ni siquiera Aznar, el guardián de las esencias, el proveedor de pasto ideológico a través de FAES, alcanza la pureza de los teapartyers. Sospecho que prefiere ser algo menos auténtico y asistir de una vez a la postergada victoria electoral de su heredero.
Todos tontos (ABC, 18-12-2008)
Si un guionista de Hollywood hubiera concebido la gran estafa de Bernard Madoff como argumento para una película, la habría descartado por inverosímil. Que una ancianita incauta se ofusque con el timo de la estampita es casi natural. Que la avaricia de pequeños ahorradores - funcionarios, maestros y otra gente sin importancia - pueda estimularse con los sellos hinchables de Afinsa, tiene un pase. Pero que grandes banqueros como los del Santander, HSBC o BNP Paribas, hayan sido estafados con el pedestre mecanismo de una red piramidal, escapa a toda lógica. Esas gentes curtidas, habituadas a desenvolverse entre tiburones financieros, conocedoras de las tretas de la inversión y, hasta ahora, casi indemnes a la crisis del crédito, han caído en una trampa popularizada hace noventa años por un emigrante italiano que ni era banquero ni era nada, aunque se sabe de él que perdió su trabajo de camarero por sisar a los clientes.
Ahora el guionista se mesa los cabellos: ¿quién dijo que la realidad imita al arte? Lo que lo tiene es desbordado. Y el cine se hace documental, no para contar la vieja historia de que los duros nunca se dan a cuatro pesetas, sino para indagar en los intrincados nudos que la codicia ata en las almas: una rentabilidad de hasta el 15% anual, una invitación exclusiva a la elite del dinero y, sí, probablemente alguna irregularidad, información privilegiada o algún chanchullito complejo que no pondrá en riesgo nuestra inversión. Un fraude fiable, pues lo perpetra un tío listo, bien relacionado, que fue presidente del Nasdaq, ahí es nada. Al final, la estrella de Wall Street ni siquiera tenía imaginación. Y a los listísimos banqueros se les quedó la misma cara que a la ancianita incauta y al maestro filatélico.
Schuster nos alivia (ABC, 11-12-2008)
Cuando parecía que el destino de la política española apuntaba a alcaldes y diputados energuménicos -con permiso de Josep Pla para saquear El cuaderno gris-, y los periodistas analizaban la estructura profunda de los giros "tonto de los cojones" o "muera el Borbón", un entrenador de fútbol ha sido cesado. Albricias. Un debate sobre Schuster, cuando se sale del bucle de los rebuznos, sabe a trascendencia pura: ni Husserl hubiera estado a la altura. Se comprende, pues, que la prensa haya echado el resto en asunto tan capital y le haya dedicado portadas y aperturas de informativos. ¿Acaso hay algo más importante en un país estancado, con un Gobierno avestruz y tres millones de parados? Para darles pan no sé si nos llegará, pero circo no les ha de faltar.
A veces ocurren estos accidentes. Se nos desmandan en la misma semana la libertad de información y la de expresión, que son distintas aunque a menudo se confundan, y nos sale un retrato del país tirando a primitivo. Los periodistas informan –libremente, como es su derecho- de lo que interesa a la gente, por supuesto; y los políticos se expresan –también libremente, como es su costumbre- con el lenguaje que galvaniza a su electorado, faltaría más. Como se ve, el responsable de que salgamos agachaditos en la foto es siempre el público. De quienes colocan su mercancía en los grandes mercados de la palabra, sólo puede elogiarse su sensibilidad popular. Por eso, si a usted le parece que España es el único país del mundo en que la libertad de información y la de expresión están amenazadas por quienes carecen de sentido del ridículo, hágaselo mirar. Probablemente sea usted un intelectual. Puag.
La cúpula de los locos (ABC, 13-11-2008)
Cuánto más rentable para su reputación le hubiera resultado a Barceló trabajarse una cópula y no esta cúpula de la ONU churretosa de escándalo. Pero las cópulas siempre fueron un género de bajo coste, mientras que las cúpulas acaban manando dólares a espuertas si el artista aprende a relacionarse con ellas. Sólo se arriesga a perder la perspectiva: el gesto artístico más provocador hoy es conservar la cordura y, siendo el desvarío contagioso, toda precaución para alejarse de las cúpulas es poca. El poder, sencillamente, ha enloquecido.
Gente de buenas intenciones atenderá reuniones en esa sala de los Derechos Humanos de la sede de la ONU en Ginebra. Discutirán los esqueletos funcionariales, esbozarán informes y moratorias; y en sus papeles timbrados habrá palabras de acalorada indignación acerca de hombres torturados, uñas arrancadas, mujeres violadas, jergones de chinches y electrodos. Y toda esa gente, los setecientos bienintencionados que caben en la sala, recitarán la lista de accidentes geográficos de la infamia, de Guantánamo a China; y mencionarán ciertos nombres sin sarcasmo, como el de la República Democrática del Congo; y no repararán, bajo un decorado de veinte millones de euros, en que han perdido la razón. No se darán cuenta de que la obra con sentido estaba hecha sin intervención artística. Salta a la vista en la imagen de la sala hace un año: 1.400 metros desnudos, inhóspitos como celdas, la blancura de una remota esperanza, y un vacío tan inmenso como el agujero donde se pudren de rodillas los miles de seres esclavizados cuyo destino se estudiará bajo la cúpula. Un artista rompedor habría conservado intacto el desamparo original, para que pendiera sin descanso sobre las cabezas bienintencionadas y para epatar al poder con un recado inequívoco: estáis locos.
Para todo el que haya experimentado la incómoda sensación de que las barreras entre la realidad viva y la fabulación de un puñado de dementes se están difuminando, Storytelling (Península) es un libro balsámico, porque ayuda a comprender cómo y por qué hemos llegado a estar inmersos en la magia del relato. Para quienes se sientan desconcertados por el hecho de que los discursos políticos ya no versan sobre la acción política, sino que cuentan historias, el autor de Storytelling, Christian Salmon, desmenuza los relatos triunfantes de los últimos años; la explicación, por ejemplo, de por qué los demócratas perdieron las elecciones de 2004: recitaron una letanía, en vez de contar una historia como sí hicieron los neocon.
Para quienes no entiendan por qué el candidato ganador no es el que propone mejores soluciones para aplicar a la realidad, sino el más hábil para modificar nuestra percepción de la realidad; o por qué los anunciantes ya no venden productos, sino experiencias de las que podemos participar mediante la compra, el libro desentraña los mecanismos y la genealogía de ese apogeo de la narratividad que invade todos los ámbitos de nuestra vida. Las semejanzas entre la venta de un producto y la de un candidato se explican porque ambas estrategias están informadas por el storytelling, la hegemonía de lo narrativo, una forma de comunicación que, según el autor, no es sólo una nueva forma de propaganda, sino sobre todo una maquinaria de formatear espíritus.
Si ante fenómenos en apariencia dispares como la ficcionalización de las noticias, la infantilización del mundo, o la decadencia del argumento frente a la emoción, usted se ha preguntado alguna vez, como el Clotaldo de La vida es sueño, "¿Qué confuso laberinto es éste, donde no halla la razón el hilo?", Storytelling es el cabo por el que empezar a desenmarañar la madeja, para comprender lo que nos está pasando y lo que no nos está pasando, aunque lo creamos. Leerlo deja la inquietante sensación de que podríamos llegar a actuar la vida en lugar de vivirla; a no ser individuos con una identidad y un lugar en la polis, sino miembros de una comunidad basada en la ficción, cuya libertad se ciñe a elegir las performances que deseamos ir ejecutando. Y todo esto, que podría aceptarse con despreocupación y hasta resultar simpático si cada uno se labrara su propio personaje, se vuelve sombrío ante la abrumadora demostración de que es el poder quien nos escribe los guiones.
Garzonadas, décimo aniversario (ABC, 19-10-2008)
"¿Dónde estabas cuando Pinochet fue detenido? En el selecto mundo del Derecho Internacional, el 16 de octubre de 1998 es lo más parecido al momento Kennedy. La fecha marca el principio de un proceso legal que transformó el orden legal internacional". Quien esto escribe es Philippe Sands, abogado internacional y profesor del University College London, en su libro Lawless World.
Aunque en el mundo del periodismo, el momento Pinochet no representa un hito comparable, yo recuerdo dónde estaba hace ahora diez años: en la redacción de un periódico. Las carcajadas resonaron al conocerse la orden de detención dictada por Garzón contra Pinochet con la pretensión de extraditarlo a España; los calificativos oscilaron entre la conmiseración, la burla y el desprecio; no se acuñó entonces el término "garzonada", pero se generalizó su uso. Los peritos periodísticos emitieron su informe jurídico con aplomo: era un dislate legal dictado por el puro afán de notoriedad.
Como la orden de detención formaba parte de los esfuerzos de los jueces Garzón y Manuel García Castellón por esclarecer la Operación Cóndor , símbolo de la represión de los regímenes militares suramericanos, también hubo quienes subrayaron el paradójico interés por dictaduras lejanas en un país que no había juzgado la propia. Más allá de que Pinochet quedara privado de un té con Margaret Thatcher, no recuerdo que nadie avistara el significado profundo de la detención, que Sands resume así: "Hasta octubre de 1998 se aceptaba que un jefe de Estado –incluso un ex jefe de Estado- tenía derecho a total inmunidad ante los tribunales de otros países por actos cometidos en el ejercicio de su cargo. La razón se fundaba en una larga tradición del Derecho internacional: un jefe de Estado es la encarnación del Estado. L'état c'est moi. Esto significa que cualquier acción contra el individuo equivale a interferir en la independencia y la soberanía del Estado mismo".
La doctrina de anteponer las consideraciones políticas a la justicia se quebró con la garzonada. Ésa es la única semejanza entre el caso Pinochet y el caso Franco: en la Transición , la política se impuso a la justicia, y aunque ambas están a menudo en precario equilibrio, cualquier triunfo de la política debería ser tenido por provisional. Los argumentos políticos en contra de la actuación de Garzón no están faltos de razón: un proceso al franquismo no es ni lo más conveniente ni lo más práctico ni lo más barato que se puede hacer; es cierto que la historia ya lo ha condenado; es verdad que la mayor parte de la gente –de los votantes- tiene otras prioridades. Pero allí donde quede una sola víctima en busca de resarcimiento, no se contentará con respuestas políticas. Y si esa víctima reclama justicia sobre una cosa no juzgada, y si hablamos de crímenes contra la humanidad, que no prescriben, deberíamos considerar cuando menos legítimo que los jueces exploren el modo de dar una respuesta jurídica, o sea, la garzonada.
La gran extorsión (ABC, 16-10-2008)
Pese a los muchos elogios que está recibiendo el primer ministro británico, Gordon Brown, por su actuación ante la crisis financiera, nunca se subrayará suficiente la genialidad de su decisión más audaz: aplicar la ley antiterrorista a la banca. La quiebra masiva de bancos de Islandia ha provocado pérdidas a más de un centenar de ayuntamientos británicos y a unos 300.000 particulares. Como el gobierno islandés se ha negado a garantizar los depósitos de sus bancos en el extranjero, el Reino Unido los ha congelado por las bravas. Quién nos iba a decir a los que criticábamos los esfuerzos de Blair por relajar las garantías de los detenidos que un día la letra pequeña de sus leyes antiterroristas pondría un destello de lógica en medio de la indecencia.
El diferendo se solucionará por vías diplomáticas, pero de momento nos ayuda a dar nombre preciso a los acontecimientos. En los últimos años, directivos bancarios han estado jugando a la ruleta, especulando y ganando dinero con operaciones de altísimo riesgo que los acercaban cada vez más al precipicio. Cuando el tinglado se ha venido abajo, han dicho: ustedes verán, si nos dejan caer, nos despeñamos todos. Esto se llama extorsión. Y los gobiernos, en lugar de apuntar sus cañones a las Islas Caimán, que es lo que nos pide el cuerpo, han cedido aflojándose el bolsillo a todo correr; nuestro bolsillo, esto es.
Incluso aceptando que no haya alternativa, los gobiernos -al menos los que se dicen socialistas, como el nuestro- podrían admitir que el robo se está tapando con un desfalco. Podrían ahorrarnos el discurso de justificación y empatía hacia los extorsionadores. Pero se ve que padecen el síndrome de Estocolmo. Gordon Brown es brillante.
Rioja contra la crisis (ABC, 2-10-2008)
El 14 de julio de 1789 había más franceses comiéndose un helado que asaltando la prisión de la Bastilla. Hasta que llegó Georges Duby y mandó parar, la Historia era la historia del poder, si acaso con una ráfaga a pie de página informando de las fuerzas que se le oponen. La inercia sigue inclinando a la gente corriente al sabio gesto de tomarse un helado, a despecho de acontecimientos feroces que nos bufan a la cara. Y si no es temporada, valen unos calamares, unas habas con jamón y un Rioja del 98, que abriga la conversación.
Qué gran año. Nos habíamos reído todos de la patochada de Fukuyama, pero para el 98 ya estábamos habituados a comportarnos como si la historia hubiera terminado realmente. Y lo encontrábamos placentero. Diez años después, podemos apurar algo de aquella placidez gracias a que alguien tuvo la precaución de embotellarla. Ahora sólo resta degustarla despacio, como se saborean los besos en su lento discurrir de la piel al alma, para no inquietarse ante el fin del capitalismo ese que dicen. Puede ser ésta la era incomprensible en que la historia terminó por segunda vez, o por tercera, contando el 11-S. Quizá nos esté tocando vivir algo tan ilógico como el fin de lo concluso, pero hasta en los epílogos más turbulentos hay dos amantes abrazados. Pueden quebrar los bancos, hundirse las aseguradoras o desplomarse las bolsas: donde tintinean dos copas, no se oye estrépito de escombros, y los matices que diferencian la decadencia del derrumbe se difuminan lejanos, como la preocupación por los ahorros. La consigna es derrochar, agotar los besos que han sido descorchados. Verdaderamente, un buen vino y un buen hombre bastan para tomarse con calma el fin del mundo.
Lunes al sol en Wall Street (18-9-2008)
Para comprender la realidad económica que se nos viene encima, he anotado una precisión en mi diccionario. Nacionalizar, primera acepción, dícese de la alcaldada propia de un gorila o un tío con chompa encaminada al control estatal de la riqueza. Úsase también como arma arrojadiza. Es americanismo del sur. Nacionalizar, segunda definición, dícese de la intervención presidencial para socializar las pérdidas. Se prefiere el sinónimo caritativo "rescatar". Es americanismo del norte, usado también en Gran Bretaña.
La nacionalización del tipo 1 es mala, porque provoca inseguridad jurídica y frena el desarrollo. La nacionalización del tipo 2 es buena: tranquiliza a los mercados y no empobrece a los países aunque se pague con dinero público.
Hasta aquí lo entiendo, incluido el principio general que se infiere sobre las nacionalizaciones: es mejor que ganen unos pocos a que ganen muchos, pero es mejor que pierdan muchos a que pierdan unos pocos. La lógica es aplastante –que se lo digan a los aplastados-, y los papeles parecen bien repartidos, porque algunos se las apañan para ser de los pocos a la hora de ganar y encontrarse en multitud cuando toca repartir pérdidas. Los lunes al sol, en Wall Street, son menos lunes, y está por suicidarse el primer damnificado de la madre que parió a los Lehman Brothers.
Sólo se me escapa el significado de un latiguillo en boga que me hace perder la calma. Analistas y expertos reconocen ignorar con qué virulencia la crisis financiera afectará a la "economía real". ¿Quieren decir que las entidades financieras son irreales? ¿Que guardamos ahorros ficticios en cuentas ilusorias y depósitos de alucinación gestionados por instituciones fantasmagóricas? ¿Puede alguien explicar esto bien antes de que huyamos de pánico?
El gorro de Papá Pitufo (ABC, 15-9-2008)
Entre los muchos desatinos que provoca la obsesión por lo políticamente correcto, figura el de otorgar buen nombre a lo políticamente incorrecto, que está adquiriendo la reputación de verdad prohibida. Cada obra artística censurada redobla el prestigio de la incorrección política, especialmente entre la gente de orden, más y más proclive a la subversión.
¿No se ha presentado la briosa Sarah Palin como una mujer "anti-establishment"? ¿Cómo puede renegar del Estado quien aspira a ser su segunda cabeza visible? Habrá a quien le parezca una simpática gracieta, pero una contradicción de ese calibre resulta inquietante: como si Botín asegurara ante la junta de accionistas que tiene un plan para hundir a la banca mundial. Mi generación, abrevada en las enseñanzas de los pitufos, desconfía cuando la máxima autoridad de la tribu se apunta a la revolución: el padre pitufo ejercía su autoridad de manera incontestable; detentaba un poder omnímodo; legislaba, gobernaba, juzgaba. Y todo eso sin dejar de llevar nunca el gorro frigio.
Frente a la atracción irresistible que encuentra el poder en los atributos de la disidencia, conviene reparar en el concepto de lo "políticamente abyecto", como hace Tzvetan Todorov en El espíritu de la Ilustración. La corrección política es un error, pero eso no transmuta por ensalmo lo políticamente incorrecto en la Verdad : decir que los negros son inferiores es políticamente incorrecto; además es falso; y además es políticamente abyecto.
Presentar a una hija de 17 años embarazada como una declaración de principios políticos es una trampa. Y no porque esa chica haya decidido no abortar, sino porque Palin trata de ocultar que un embarazo adolescente no deseado es un fracaso educativo, de los padres y del sistema público. En el mundo de hoy, una adolescente con un hijo tiene escrito un destino de precariedad -la mayoría no son hijas de la gobernadora de Alaska-, una vida sembrada de obstáculos, marcada por una súbita expulsión al mundo de los adultos sin haberse procurado una instrucción. Muchas ya no tendrán posibilidad de adquirirla, y quedarán mermadas en su desarrollo personal así como en su promoción social y profesional.
Los problemas empiezan cuando cae el amable telón de Juno, pero podrían haberse remediado con facilidad, antes del aborto, antes del embarazo, con unas simples indicaciones sobre el uso de anticonceptivos. Negar esa información y ensalzar una responsabilidad como la de la maternidad –brutal, apasionada y vitalicia- en muchachas de la edad de la ignorancia, que carecen aún de derechos políticos elementales y hasta de responsabilidad penal en muchos países, no es políticamente incorrecto, es políticamente abyecto. Nos retrotrae a los tiempos en que Josefa Amar y Borbón tuvo que escribir su Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres, para explicar la importancia de que reciban instrucción. Y corría el año 1790. O sea que el gorro frigio de la Palin es tan falso como el del patriarca de los pitufos.
No vuelvan al teatro (13-9-2008)
Tan pronto como las crónicas periodísticas han empezado a dar cuenta del aumento de la afluencia de público al teatro, me he sentido impelida a escribir algo para desanimar al gentío. Y lo estoy escribiendo.
Si la escena española ha llegado a convertirse en un lugar atractivo en los últimos años ha sido gracias al desinterés del público. El artista ha de trabajar con la tranquilidad de que la sociedad no se inmuta por su creación, con la certeza de que nadie está mirando –nadie, digamos, importante-. Si persiste, es porque su voz tiene algo que decir y no algo que vender.
Por eso insto a desoír campañas como la del Ayuntamiento de Madrid, cuyo lema reza: "Si estás hecho un lenguado, vuelve al teatro". Piénsenlo: ¿qué es el teatro? Unos tapices harapientos para separar dos siglos, una escalera de mano con pretensiones de almena: el espectador se ve sometido a un ímprobo esfuerzo imaginativo. Y cuando se encuentra al borde del llanto, llevado al clímax por el parlamento de una actriz con apenas voz y gesto -su alma, esparcida a borbotones de la forma más impúdica-, todo lo que se le ocurre hacer a la buena señora es apagar la luz y marcharse empujando una mesa. No hay glamour en el teatro, créanme, ni edición, ni efectos especiales ni postproducción. Sólo hay un texto sosteniendo un universo, apenas dos mil quinientos años contando historias a cielo abierto. Bah.
La representación dramática posee, además, una intensidad excesiva, por eso el estado de ánimo de un lenguado no resulta el más indicado para asistir a una función. En el teatro no existe lo que las antiguas llamaban un pasar decoroso. Cuando la obra es mala, soportarla provoca una auténtica enfermedad, y cuando es buena cala al espectador hasta los huesos, a menos que tenga piel de elefante. Por eso, incluso en las condiciones adversas de muchas salas, uno olvida el hormigueo de las piernas y siente, al acabar la función, como si desembarcara de la nave de los locos para aplaudir en pie sobre el suelo encharcado, con la ropa empapada, el cabello pingando y, a pesar de la humedad, presa de un extraño calor interior.
Del teatro se sale enfermo o chorreando, necesitado de sigilo y un par de toallas, no de unas patatas bravas. Y convendrán conmigo en que si no propicia las cañitas, ha de tratarse por fuerza de un espectáculo triste y antiespañol.
Corbacho llora (ABC, 8-9-2008)
Celestino Corbacho sufre porque lo han regañado. Hay dos millones y medio de parados en España, pero no ha sido por eso. En realidad, él no tiene nada que ver con el empleo, aunque sea ministro de Trabajo. Por tanto, no le quita el sueño que la cola del paro se regenere como la tenia hasta el punto de amenazar con devorar los fondos del Inem. El mercado laboral es precario; se pagan sueldos de miseria, de mileurista, de bracero, pero eso se lo tienen merecido los miserables, los mileuristas y los inmigrantes. Sólo faltaría que culparan al ministro.
El año pasado murieron más de mil personas en accidentes laborales en España, pero debía de ser gente poco importante, pues no se vio al ministro indignado. Tampoco anunció una nueva ley, ni presentó un plan de choque: el asunto se consideró leve incluso por los propagandistas. La gente muere en el tajo, siempre ha ocurrido. Si eres trabajadora, lo mejor que puede ocurrirte es que te mate tu ex marido, porque si te caes de un andamio, Corbacho no te recita una elegía tan sentida como Bibiana Aído. Si eres trabajador y mueres en tu coche in itinere, el papel de plañidero lo asume Pere Navarro a nada que hayas tenido la perspicacia de estrellarte antes del cierre de las estadísticas de la DGT.
Corbacho no llora. No llora por los parados, ni por los malpagados ni por los muertos. Tampoco llora por los fijos discontinuos. No sabía lo qué es sufrir hasta el día de la regañina, cuando le embargó la zozobra. Cómo las gasta la vicepresidenta. Todo por anunciar el fin de las contrataciones de inmigrantes en origen y afirmar que deben "aproximarse a cero", pues habiendo españoles en paro, no se contrata a extranjeros. "Los franceses primero" fue el lema fundacional de Le Pen. María Teresa Fernández de la Vega juzgó, con buen criterio, que las palabras de Corbacho –ya de por sí un circunloquio- tornaban demasiado transparente la lepenización de los espíritus reinante en el Gobierno. Y le reconvino: "No hay que decir esa frase". Desde entonces, Corbacho no ha dejado de lamentarse por las esquinas.
No esperan de él que acabe con el paro: suprimir las contrataciones en origen, 200.000 el año pasado, mal puede dar trabajo a dos millones y medio de personas. Sabe que lo contrataron por encarnar el espíritu lepenizado que requieren los tiempos, y cuando se pone a ejercer lealmente su cometido, le hacen el vacío, le dan capones, sufre acoso laboral por parte de sus superiores. Para limar asperezas se ha rectificado a sí mismo, sí bwana, unas catorce veces, y aun así no las tiene todas consigo. Le ha parecido oír, además, que van a congelarle el sueldo y, como su contrato era temporal, se siente vulnerable. Quién sabe si todo esto no acabará con él mismo en la cola del Inem. ¿Acaso no es para llorar?
Vacas locas somos todos (ABC, 4-9-2008)
A veces pienso que no hubo vacas locas, que aquellas montañas de reses sacrificadas fueron sólo la recreación de un poeta empeñado en escribir en los telediarios la brutal metáfora de nuestro tiempo: vacas locas somos todos. Somos los televidentes alimentados de pienso adulterado, fabricado con despojos de nuestra propia especie, vísceras humanas picadas a máquina y costillares de niños triturados. Nos hallamos en los albores de la ficcionalización del dolor en las noticias, con recursos tan rudimentarios como una conmovedora música de fondo sobre el ulular de sirenas en Barajas, y ya hay millones de personas aquejadas de la encefalopatía. Llevará algún tiempo propagarla, pues la realidad presenta una pega insuperable: disfrutamos de Antígona porque no es necesario que una mujer real muera en el afán de enterrar a su hermano para que, como espectadores, demos rienda suelta a buenos sentimientos: empatía, comprensión, solidaridad. En Barajas, en cambio, han fallecido 154 personas para hacernos pasar una tarde entretenida y eso deja un regusto amargo, se quiera o no. Los ganaderos tratan de superarlo mediante la colmatación de los estómagos: sirve un autobús estrellado en Ayacucho y una reyerta en Kuala Lumpur, siempre que la materia prima de los muertos deformes, carbonizados o destazados se encuentre en perfecto estado de revista. Cuando todos creamos estar pastando en una pradera soleada, masticando hierba verde y jugosa que mana gotas de rocío, mientras engullimos el dolor de nuestros semejantes sin rumiarlo en forma de pesadillas, será Antígona la que muera en los titulares. Entonces, el puñado de sanos resistentes a informarse por televisión deberá prender fuego a la gran pira del homo videns, y el inmenso Creutzfeld-Jakob figurará al fin en las antologías de poesía universal del siglo XX.
Ahora es cuando nos adentramos en el túnel: los ciudadanos despeluchados y las autoridades haciendo gala de un escepticismo respecto a los virtuosos mecanismos del mercado francamente desalentador. Preparémonos para ver, en esta ardiente oscuridad, los palos de ciego del Gobierno, de todos los gobiernos en general.
Para regocijo del pedante de Lyotard, el último relato en pie se está desmoronando. Va para veinte años que a los últimos izquierdistas de renombre se les desplomaron las esperanzas y aún no han tocado los fondos abisales. Fue entonces, como tratando de salvar a un moribundo en sus estertores, cuando la derecha revitalizada se pidió el papel de vencedora, los atrajo para sí, y se aferró a la teología del mercado. Según sus dogmas, el comercio libérrimo, hiperglobalizado, en estado salvaje, dispensaría a la humanidad la prosperidad, la libertad y la democracia largamente ansiadas, salvación que se iría sucediendo en etapas por establecer. Era cuestión de esperar, cumpliendo rigurosamente los mandamientos que obligaban a romper toda atadura que frenara la especulación, pusiera orden, limitara las prácticas arriesgadas o simplemente la estafa, el caos, la demencia del mercado desbocado. Muchos pasaron de considerar que el mercado es un expediente utilitario a hablar de él como el fin último.
Pese a darse cuenta del sinsentido de construir 800.000 viviendas al año o alargar las hipotecas hasta cuarenta años, hubo muchas gentes, como Solbes, que no hicieron nada. No podían contravenir el mandamiento en que se resumen todos los demás: laissez faire, laissez passer. "Hay cosas que el Gobierno no puede prohibir", se confesaba este verano el vicepresidente. ¿De qué se exculpa? ¿De no haber fomentado en los años del boom inmobiliario el alquiler y hacerlo ahora, cuando ya son escandalosamente ricos un puñado de constructores y de alcaldes? ¿Y qué decir de Sebastián? Tanto estudiar liberalismo en Minnesota para ahora dedicarse a hacer planes económicos que estimulen la compra, de coches, sin ir más lejos. ¿Qué clase de fe en la ley de la oferta y la demanda es ésa? Nunca pensé que la mano invisible fuera a verse con tanta nitidez, la verdad.
Me informan de su desesperación parados realmente existentes, ciudadanos que manejan la idea de suicidarse con la soga del euríbor y a quienes los bancos ofrecen convertir las hipotecas a yenes como modo de hacerlas menos gravosas, maniobra de altísimo riesgo para cualquiera que no crea estar a punto de perderlo todo. La confianza de los consumidores, que viene a ser el índice de aceptación del gran relato del mercado, naufraga. El dinero no tiene motivos para inquietarse, pero cunde un recelo atroz y el pesimismo cobra dimensiones metafísicas. No porque la nave del Estado se encuentre en medio de la tempestad, sino porque da la aterradora impresión de que, si alguien tiene un timón entre manos, es la misma marejada del mercado que nos hunde.
La jeremiada de Spanair (ABC, 25-8-2008)
Los muertos contados por decenas, sus rostros irreconocibles, las llamadas perdidas, los familiares sonámbulos, las noches de espera, el recinto ferial convertido en un tanatorio… Esta vez no se pudo calificar de improvisado. Era todo distinto, pero parecía idéntico. Los bomberos eran otros hombres, las médicas eran mujeres distintas, pero de nuevo se trataba del Samur, la policía, los voluntarios. Eran los mismos cuerpos y los cuerpos eran otros. Era la misma sombra.
Y se repitió asimismo la negligencia de quienes ostentan una posición de responsabilidad en eso que los expertos llaman gestión de catástrofes. Esa responsabilidad adquiría mil caras, en el caso de Spanair, el miércoles pasado. Se contemplaban numerosos supuestos, con distintos grados de incuria hasta llegar a cero: cabía incluso el despiste de un pájaro. Spanair sólo podía hacer dos cosas, a la espera de la investigación, informar a la opinión pública y respetar a los muertos.
Dar la cara conlleva el riesgo de que a uno se la partan, por eso el primer día, mientras el Rey y el presidente del Gobierno interrumpían sus vacaciones, Spanair mandaba a un mindundi a vacilar a la prensa. Respetar el dolor de los familiares significa no tratarlos como imbéciles ni caer en jeremiadas del estilo de cambiar el código del vuelo mientras se está hurtando un dato tan inocuo como la matrícula del avión. Hasta el sábado, Spanair no ha enviado a las reuniones con las familias a alguien que pudiera dar información factual o técnica rigurosa: un jefe de recursos humanos de lo que entiende es de despachar gente.
A la compañía le preocupaba por encima de todo su reputación, porque concibe la gestión de catástrofes como un acto comunicativo: lo primordial no es el dolor ni las causas, pese a toda la palabrería en ese sentido, sino salvar la imagen de marca. Por eso el presidente de SAS, cuando al fin se mostró, pronunció un sorry algo más compungido que el que dicen los ingleses cuando les suenan las tripas. Se trataba de subirse poco a poco a la espuma del rumor dolorido por los muertos hasta llegar a afirmar, como han hecho, que la compañía también es víctima.
En eso consiste la gestión comunicativa de una catástrofe: empieza con las jeremiadas y acaba con la impudicia de confundir a la gente respecto al papel de parte que la empresa tiene en ella. ¿Por qué si no iba a estar estipulado que Spanair indemnice a las familias, pero no está previsto que las familias compensen a Spanair? Tenían la tarea de transportar a unas personas sanas y salvas y no la han cumplido. Son un agente activo del siniestro, y por tanto su posición es de responsabilidad, aunque se haya tratado del más azaroso accidente. Pretender auparse al mismo lugar que los fallecidos y sus familias es una malversación flagrante de la palabra víctima. Y eso sólo se hace cuando no se tiene vergüenza.
El brazo de Nadal (ABC, 18-8-2008)
A mí no me impresiona lo de Phelps: ocho medallas bajo el agua sólo las consigue un gusarapo y además nadar la encoge. A mí el que me priva es Nadal, y admito desde ya que me rendiría en los calentamientos si hubiera de jugar contra su brazo acogedor y fiero. No obstante, desde que a Federer se le ha tronchado el suyo y la mueca del fracaso se le ha empadronado en la cara, me está resultando la mar de interesante. Y han llegado a hacérmelo entrañable las palabras que pronunció el día que fue eliminado: "Necesito entrenar más y también parar un poco", dijo. ¿No es encantador?
Ahora podemos asegurar, en contra de Orson Welles, que Suiza ha dado al mundo algo más que el reloj de cuco, porque Federer ha descollado en Pekín como figura cimera del pensamiento aporético. Y la gente con esa singular destreza tiene futuro: se desenvolvería bien gestionando la economía mundial, sembrada, cual campo de minas, de paradojas antipersonas. En todo caso, los que llevan el timón no lo están haciendo mucho mejor.
Se ha cumplido un año de la crisis hipotecaria estadounidense y el Economist hace un balance muy crítico de la política de los bancos centrales consistente en rescatar a sus amigos de la banca privada mediante esa fórmula camuflada bajo el eufemismo de "inyectar liquidez al sistema financiero". Se pregunta la revista, que no es sospechosa de veleidades colectivistas, por qué cuando la realidad económica es lúgubre, los mineros ven cómo se liquida la empresa en que trabajan, pero los banqueros no. Y cita las palabras de un economista americano, Nouriel Foubini, para quien esto "huele a socialismo para ricos".
Federer lo ha sabido todos estos años. Tenemos que especular más y también parar un poco; tenemos que construir más casas y también parar un poco; tenemos que dar más hipotecas y también parar un poco. Lo malo es que en la fase ascendente del despiporre se enriquecen los especuladores inmobiliarios y los gángsteres del estraperlo bancario. Pero cuando llega la caída, el Banco Central Europeo pone su colchón de euros para amortiguársela a los que jugaron sucio, y no tiene más solución para los de abajo que parar un poco. Unos cuantos cientos de miles, de hecho, han parado por completo en la cola del INEM o están renegociando su hipoteca con usureros. Entretanto Zapatero, siempre a la vanguardia del socialismo –si ahora toca para ricos, pues para ricos- asume de lleno la aporía: suprime el impuesto de patrimonio a unos pocos mientras afirma que, si hace falta, recurrirá al aumento de la deuda pública, con el esfuerzo de todos.
La cosa pinta cruda, aunque según el presidente avanzamos hacia la recuperación con la fuerza de un vendaval. Mejor dejarse llevar por ensoñaciones del brazo de Nadal, sin parar ni un poco. Para que otros trafiquen con nuestras ilusiones, mejor traficamos nosotros.
La opinión encanijada (6-8-2008)
Si hubiera que elegir una verdad universal sobre política, algo que hubiéramos oído en casa desde que peinábamos dos coletas, la más firme candidata sería, a bote pronto, la recomendación de no hablar del asunto en reuniones de amigos y familiares. "No nos metamos en política" es la temerosa constatación de que el bautizo de una sobrina puede fácilmente acabar como un campo de Agramante.
El carácter obsceno de la conversación política parece una carga de dinamita en los pilares de la democracia, régimen al cual el ciudadano común e informado rinde honores discutiendo con sus iguales las materias candentes del día, para así participar de manera consciente en la vida pública. Y lo es, cuando uno se abstiene de hablar de política con todo aquel que no refuerza sus opiniones previas.
No hace mucho en Colorado se midió y pesó esta intuición general. Para el estudio se pidió a un grupo de personas de izquierda, procedentes de Boulder, debatir con otro de gentes de derecha, venido de Colorado Springs, sobre tres asuntos: el calentamiento global, las uniones civiles homosexuales y la acción positiva. En ambos grupos había también moderados. Al concluir la discusión, los de Boulder habían modificado ligeramente su opinión, para moverse más a la izquierda, mientras los de Colorado Springs habían hecho lo propio para desplazarse más a la derecha. Los investigadores, David Schkade, Cass Sunstein y Reid Hastie, concluyen: "El principal efecto de la deliberación fue hacer a los miembros de los respectivos grupos más extremistas de lo que eran antes de empezar a hablar".
Entonces, ¿no vale la pena debatir? Sí, siempre y cuando desechemos la idea de que una discusión fructífera es aquella que concluye en acuerdo. En realidad, éste sólo es necesario en deliberaciones de carácter ejecutivo y las conversaciones del ciudadano casi nunca son de este tipo. Resulta útil ver al discrepante, saber que existe, y constatar que la realidad es mucho más poliédrica que un puñado de verdades inconcusas.
Nuestro pobre natural sectario ha encontrado su hábitat perfecto en la blogosfera, donde cada cual puede conectar con su jauría a las horas más intempestivas. Este encanijamiento progresivo de los grupos de opinión encontraría cierta contención en los medios de comunicación tradicionales, si atendieran su viejo deber de pluralismo. Por desgracia, no pueden hacerlo. Están hozando a la desesperada en busca de un punto más de audiencia, y han descubierto que la segregación ideológica es una brillante oportunidad de negocio.
El héroe sin víctima (ABC, 14-8-2008)
El problema de la ministra de Igualdad es que se trae niebla entre manos, y hasta hoy no se conoce gaveta ministerial en que sea posible custodiarla. Para su balance de autosatisfacción trimestral escribe: he ido al hospital a visitar al héroe que defendió a una mujer maltratada, pero estaba en coma, así que no le he visto. Después he dado una rueda de prensa, pero no he admitido preguntas, así que no he oído a los periodistas. Finalmente, he dicho que el profesor "defendió a la sociedad", aunque en realidad intervino en pro de una maltratada que no se siente tal.
En esa fantasmagoría se desenvuelve quien gobierna simbólicamente sus dominios: mira sin ver, habla sin escuchar y prescinde de la realidad. Cuánto más razonable hubiera resultado una visita del consejero de Sanidad, a ver si podía explicar por qué Jesús Neira recorrió varios hospitales sin que nadie le detectara el derrame. Lamentablemente, los del cetro y la escarlata no están para concreciones. La ilusión sería perfecta si la maltratada desvelara un escabroso historial y aprovechara el tirón mediático para fundar tres asociaciones, pero como ni va a denunciar, mejor que haga un cameo. Ante su servidumbre, engarzada en la dependencia, la soledad y otros cuartos oscuros, y su renuencia a ser liberada, o se hace un análisis que cuesta dinero o se aplica grandilocuencia en dosis equinas.
Sin duda, Jesús Neira es un héroe. El Cid ganaba batallas después de muerto y él, profesor de Teoría del Estado, nos brinda desde el coma una brillante contribución académica: frente a la dominación íntima consentida, el Estado sólo puede representar una ficción desesperada con una retórica que esté a la altura de su inoperancia. Para eso se fabricó el Ministerio de Igualdad.
El disparo chino (ABC, 11-8-2008)
Todo está preparado para las pruebas olímpicas por excelencia, las de atletismo. Pronto veremos a los corredores de los cien metros lisos ocupar sus puestos, acuclillados; a la voz de "listos" adoptarán la posición definitiva y permanecerán inmóviles antes de jugarse el argumento de su vida en nueve míseros segundos.
En el Estadio Nacional de Pekín, ese ovillo de lana intrincado y asfixiante, imagen esplendorosa de la represión compacta, en la que ni un hilo asoma para desenredar la madeja, se oirá entonces el pistoletazo del juez de salida. Su disparo ensordecerá otro idéntico descerrajado contra la nuca de algún disidente en algún remoto lugar de la gran China. No lo oiremos porque la descarga de fusilería será simultánea y el bullicio le pondrá sordina. Es un viejo recurso de los asesinos hacer coincidir su ráfaga mortal con las campanadas de una iglesia, el sonido de un bordón, o el estruendo de petardos callejeros. Un hombre que cae abatido en medio de la multitud silente, una pena de muerte ejecutada mientras el mundo mira al espectáculo deportivo contiguo, es mucho peor que un asesinato. Es el triunfo del poder absoluto, que además de disponer de las vidas humanas, puede jactarse de haber desactivado nuestra sensibilidad.
Mientras los atletas ultiman sus entrenamientos, Ye Guozhu cumple una pena de cuatro años de prisión en una cárcel de China, porque pidió permiso para protestar por una expropiación forzosa de su casa que no fue resarcida mediante una indemnización. Mientras prosigue el ajetreo de triunfadores en el podio, el activista de Derechos Humanos Hu Jia está encarcelado en régimen de incomunicación, sin acceso a su abogado, sin visitas de sus familiares y bajo el riesgo de ser torturado. Con la excusa de lavar la cara a la ciudad para los Juegos, se han multiplicado las detenciones sin juicio: mendigos, taxistas sin licencia, vendedores ambulantes o drogadictos han sido recluidos para una "reeducación por el trabajo" o una "rehabilitación forzosa". El espíritu olímpico ha adquirido en Pekín tintes represivos de los que le costará años desprenderse.
En China se llevan a cabo el 65% de las ejecuciones de todo el mundo. En 2006 se liquidó al menos a 1.010 personas, casi tres por día, aunque fuentes extraoficiales elevan la cifra a más de 6.000. El régimen ha introducido la inyección letal, pero sigue prefiriendo el tiro en la nuca. Piénsenlo cuando oigan en los próximos días el pistoletazo del juez de salida en las carreras de atletismo. Piensen en los nueve segundos emocionantes en que un hombre maniatado o una mujer de ojos vendados doblarán la cerviz, caerán arrodillados en algún desmonte mientras el vencedor de los cien metros llega a la meta, y espirarán su último aliento de sangre en el momento en que el mundo aplauda a rabiar el intenso desenlace. Piénsenlo para que Pekín 2008 no pase a la historia como el año en que la indiferencia adquirió el rango de deporte olímpico.
De Texas a Berlín (ABC, 28-7-2008)
Aún no había acabado Barack Obama de pasear su elegancia de setter irlandés por Europa y Oriente Próximo, y la CNN ya había emitido su veredicto: el candidato demócrata ha conquistado los corazones, pero no las mentes de Europa, dijeron, como si nos adivinaran una debilidad machadiana que nos hace inclinarnos por esas razones de nuestro corazón que la razón no comprende... Hum.
Durante meses he tratado de resistirme, pero el esfuerzo ha resultado baldío. En cuanto lo he visto de cerca, me he dado cuenta de que Obama me empieza a fascinar cuando aparece en escena como si no viniera del planeta de la política, sino de haber tocado la verdad con sus manos de pianista de jazz; me sigue cautivando cuando camina hasta la tribuna con una zancada que es ingrávida como la del primer bailarín del Bolshoi y varonil como la de un estibador del puerto de Baltimore; y me desmadeja por completo cuando olfatea a su auditorio con la vista y comienza a hablar sabiendo de antemano que se los va a meter en el bolsillo.
Reconozco esas querencias del corazón, palmo arriba palmo abajo, pero no me impiden razonar con objetividad. La CNN se equivoca en uno de sus extremos: también nos ha conquistado las mentes. En Berlín, Obama habló como un hombre del mundo global, que ha asumido la verdad inapelable de nuestro tiempo: los grandes problemas que amenazan a la humanidad –el terrorismo, el calentamiento del planeta, la pobreza, el armamento nuclear- son irresolubles contemplados desde los estrechos corsés de los estados-nación y, para hacerles frente, sencillamente "no podemos permitirnos estar divididos". Para superar esa división no ofrece quimeras, sino continuar el curso de la historia de cooperación entre Estados Unidos y Europa, una Europa, por cierto, que invocó con mucha más fe en su existencia que numerosos gobernantes europeos actuales. Obama recuerda hacia mañana, saca fuerzas del pasado para acometer la tarea de modelar el porvenir. Y siente un compromiso que parece auténtico con las generaciones futuras: "El mundo nos contemplará y recordará lo que hagamos aquí".
Él habla y actúa para la historia, no para las encuestas de Gallup. Por eso resultan extemporáneas observaciones periodísticas como la del New York Times, que le ha reprochado haber omitido en su viaje el conflicto sobre la carne de pollo. Está claro que si un tipo como Bush ha gobernado ocho años, no puede ser el único paleto de los Estados Unidos. Esa América cateta es el hueso más duro de roer para Obama. Ha de conquistarla para su cosmopolitismo y su idea del destino común de la humanidad, tan bien formulada en Berlín. No será fácil hacer olvidar a los americanos la aspiración de Bush de hacer del mundo un lugar como Texas y convencerlos de que Texas es un lugar que está en el mundo.
El arpa de la McKennitt (ABC, 16-7-2008)
La belleza pura es la voz de Loreena McKennitt emergiendo del estanque, abriéndose paso sin esfuerzo entre el silencio acuoso, submarino. En su concierto en Madrid, he visto su voz salir de la charca de los siglos como si arrastrara a su paso las raíces y ellas no quisieran desgajarse de la mujer que les sirve de nutriente. Tiene su canción el rumor de una caracola fósil deseosa de llegar hasta nosotros para decirnos que respira a duras penas. Ella la escucha, le practica el boca a boca con un soplo, y la lanza hacia adelante.
La McKennitt es varias mujeres. Refajona y subida de enaguas, con un corpiño de improbable cabaretera elegante y melena de hada, toca el arpa y parece una princesa destronada, llenando su destierro con las notas que el arpa regala a sus muslos solitarios. Cuando una cree que se va a poner a hilar la rueca, abre el acordeón como sus brazos generosos, y le exprime su alegría callejera mientras ríe con la risa de una tabernera irlandesa que no teme una mala cosecha de patata. Después se sienta al piano, y yo diría que su cabello se encanece, se le trenza a la espalda y se le enrula almidonado en las patillas. Sin duda, debe de tratarse de un encanto: la McKennitt se ha vuelto Mozart y busca en el teclado las notas que se aman. También compone, pero no pregunta al público, como él ante el clavecín: "¿Me quieren ustedes? ¿Me quieren de veras?", porque la rendición es evidente. Y ella, tan atenta, antes de marcharse con su correteo de ninfa, esparce una última vez el polvo de la corchea plateada que le arrancó a la ciénaga de los siglos.
Fantasía berlusconiana (ABC, 10-7-2008)
No sé cómo pondría orden en las últimas decisiones de Berlusconi el gran Indro Montanelli, definido como "uno que explica a los demás lo que él no entiende". Elaborar un censo de gitanos hubiera sido incompatible con el espíritu europeo hasta no hace mucho. Sin embargo, la directiva de retorno ya ha hecho trizas ese espíritu; en su nombre, claro. Por eso el ministro del Interior italiano coincide con Zapatero en la valoración de medidas abiertamente degradantes: el primero asegura que el censo dará mayores garantías a los gitanos, mientras nuestro presidente ha afirmado que privar de libertad a los extranjeros sin papeles durante un año y medio es "progresista". De hecho, es tan superprogresista que ni él mismo se atreve a aplicarlo en España, donde aún rigen las retenciones de 40 días.
Una Italia sumida en una crisis de dimensiones metafísicas ha confiado en que Berlusconi dispusiera de soluciones para sacar al país del fango. Pero como su imaginación es limitada, sigue los pasos clásicos del poder autoritario. Lo primero es dibujar dos círculos de excepción. Uno, en torno a los gitanos, para que la sociedad identifique un Gran Satán al que escupir como culpable de todos los males. Otro, en torno a sí mismo, para asegurarse la impunidad: el poder absoluto no quiere trabas al ejercicio de su soberanía, y de las televisiones ya controla el 90%. Lo peor es la sensación de que él sólo está descendiendo más rápido la pendiente por la que se está despeñando Europa. ¿Y qué diría Montanelli? En sus memorias dejó escrito que "se puede otorgar el poder absoluto a un hombre durante no más de cinco años, pero con el compromiso de fusilarlo al vencimiento del plazo". Se refería a Mussolini, claro.
¿Dónde hay que firmar? (ABC, 26-6-2008)
No son Mario Vargas Llosa, Fernando Savater o Carmen Iglesias gente inclinada a solemnizar lo obvio. Que lo hagan respecto a la lengua española da idea del penoso estado mental en que nos han sumido tres décadas de dominio lingüístico nacionalista. En un país normal, el manifiesto en defensa de la lengua común –la arriba firmante lo suscribe en su integridad- constituiría un repertorio de obviedades de tal calibre que cualquier intelectual se sentiría abochornado de pronunciarlas con cierto énfasis. En un país normalizado lingüísticamente, como éste, hay que reunir un batallón para afirmar, atención, que la lengua común de España es el español. Aquí hace falta vestirse de armadura para criticar a la Generalitat de turno que manda a Murcia un papel incomprensible en nombre de la defensa de la "lengua propia", ese engendrito; y hay que guarecerse en una almena antes de señalar que las consejerías autonómicas no practican la inmersión, sino el ahogo lingüístico.
Y lo peor es que, después de tomar todas estas precauciones, todavía sale algún zote criticando el manifiesto porque, según dice, el español no está amenazado en ninguna Comunidad Autónoma. Que no, hombre, que la salud del español la garantiza América, que los amenazados son los niños que no aprenderán el castellano culto porque sus padres no pueden permitirse un colegio de pago. Qué paciencia…
Se comprende, en estas circunstancias, que hayan sido necesarios treinta años para formar una corriente de opinión contraria a la dejación del Estado central en materia educativa. A ver si cuando celebremos en diciembre los treinta años de la Constitución , en vez de jalear los besamanos de costumbre, afrontamos de una vez que en ella está el error de origen. Nunca una obviedad despertó en mí tanta simpatía.
Ya están muertos, ¿no? (ABC, 23-6-2008)
Y de repente, no sé qué les contaré a mis nietos europeos. Acaso nada. Quizá para entonces haya enronquecido si, al revisar el estadillo de cuentas de mi vida, la abrumadora realidad me inclina por fin a discurrir con sensatez en términos de coste y beneficio. Así, al desnudo, brutalmente, como haría un contable, obviando en el balance los jirones de piel de hombre que quedaron en la valla de Melilla; o cómo contribuyó al superávit aquel otro ahogado en el Atlántico, tan gentil que se pagó su propio entierro. Tal vez para entonces, los surcos de las líneas que escribo sean tierra de barbecho, agostada por años de aullidos estériles, demasiado tenues para llegar al cielo, por lo visto, si es que no estamos completamente solos.
Será mejor enmudecer con puntualidad para evitarles a mis nietos europeos el relato de estos tiempos, la siniestra historia de cómo el miedo volvió a ser una idea política en un viejo continente ineficiente, algo así como Europa entre dos guerras civiles. Batallitas a escote con Gil de Biedma. Será preferible no entrar en pormenores acerca del espanto que infundían aquellos bárbaros desarmados, no detallar cómo el temor nos hizo obedecer lo verdaderamente terrorífico: el otro, cuando viene calzado con las botas lustrosas del poder. Resultaría de mal gusto admitirlo: supimos a tiempo de la existencia de campos de concentración, perdón, quise decir de retención, para los bárbaros; estuvimos informados de que, por faltarles un papel, fueron condenados a la pena de un año y medio de privación de libertad, mientras los grandes ladrones de Marbella obtenían la ganga de tres años a la sombra.
Y podrían preguntar mis nietos europeos, lo harán seguramente, si eso es la justicia. Y yo, si para entonces no he callado, les hablaré de la belleza del gesto literario, de mi vida afortunada: un periódico que hizo sitio a los surcos de mis líneas, y no muchos vicios, escuchar los cuartetos de cuerda de Haydn mientras escribo mis alaridos, fumar cigarrillos libres de aditivos, que matan algo menos. Se pudo vivir el tiempo del miedo plácidamente, les diré, siempre que uno mantuviera al día en su libro de cuentas el riguroso cálculo de los costes y beneficios de cada acto. La lectura ayudaba a sobrellevarlo, sólo había que sortear los títulos pantanosos. Por ejemplo, ése de Camus que explicaba cómo los teóricos del poder extraerían lecciones de los textos de Sade cuando tuvieran que organizar la época de los esclavos: "Ya estáis muertos para el mundo". O aquel otro que comenzaba afirmando algo así como que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. En su día, llegué a considerarlo el párrafo más hermoso escrito por la humanidad, les diré, aunque hoy deba callarme porque a duras penas me viene a la memoria.
El amor como antídoto (ABC, 19-6-2008)
Las ventas de pintalabios rojo encendido se multiplican en tiempos de crisis, leo en una revista. Podría ser falso, ma se non è vero, è ben trovato. Donde las grietas barruntan ruina y los días se acortan hasta no dejar tiempo para arrancar la mala hierba, hay una mujer erguida mirándose de frente. Cuando están rotos los espejos, ella busca en la vitrina un vestigio de la vieja vajilla de plata y, desoyendo el tintineo de los happy days, ve en una fuente el reflejo de su boca. A tientas, derrama rojo pasión sobre sus labios para dirigirse a su hombre, un hombre, el hombre: "Entonces, hagamos el amor sobre los escombros".
En los mejores casos, acompaña el amor. ¿Cómo saber que no es líquido? Porque arranca chispas al agua, por la violencia, como vio Faure: "Es la afinidad violenta de dos carnes que se atraen, dos inteligencias que se comprenden y dos conciencias que simpatizan". Cuando la electricidad nos pone a mano la tentación de sentirnos exploradores de emociones desconocidas para la humanidad, viene gente como Niklas Luhmann a recordarnos que formamos parte de un código. El amor como pasión (Península) describe cómo la semántica del amor, depurada al paso de la historia, encauza los conflictos económicos, sociales o psíquicos que podría desatar ese atroz vendaval. Su tesis contraría a quienes nos creemos libres de elegir nuestro despeñadero; y aun así consuela que la especie humana lleve siglos tomándose la molestia de levantar un código para propiciar la improbable comunicación de dos seres solitarios. Para ayudarles a esquivar juntos la tristeza hasta que, justo antes de sonar la sirena del fin del mundo, ella se pinte los labios de carmín y lleve a su hombre a hacer el amor sobre los escombros.
Lo histórico insiste (ABCD, 14-6-2008)
A la hora de transmitir una información a la prensa, el adjetivo imprescindible para que el público capte la verdadera dimensión de la noticia es "histórico". De ahí que, durante la rueda de prensa que dio Jacques Chirac con motivo de la aprobación de la Constitución europea, un reportero le preguntara: "Señor presidente, ha hablado de un día importante, de un buen acuerdo. Pero no ha utilizado la palabra histórico. ¿Cree que, si se insiste un poco, el 18 de junio se considerará un momento histórico de la construcción europea?"
Qué estado de ánimo tan esforzado encierra la frase "si se insiste un poco". Qué perla. Cualquier cosa puede adquirir la grandeza de lo histórico… si se insiste un poco. Y la prensa siempre tendrá en el doble fondo de su maletín nuevos hechos para sustituir a los que queden deshistorizados por la historia, como le ocurrió a la Constitución europea. El lunes, el precio del petróleo alcanza su máximo histórico; el martes, la policía detiene a un miembro histórico de ETA, el miércoles, una victoria de Nadal hace historia; el jueves, José Tomás lleva a cabo una faena histórica en Las Ventas; el viernes, muere Yves Saint-Laurent, que hizo historia al vestir a las mujeres con trajes masculinos, ya que los de Concepción Arenal no eran de diseño; el sábado, en un programa de supervivencia se anuncia como hecho histórico la primera expulsión; el domingo, un gobernante extranjero nos hace una visita histórica. Si se insiste un poco…
El problema es que al insistir demasiado, se está redefiniendo la palabra: revisionismo en su variante conceptual. Hasta ahora, los hechos históricos debían cumplir dos requisitos: haber ocurrido realmente y tener suficiente importancia como para influir en acontecimientos posteriores. La primera condición se deriva de la oposición entre lo real y lo legendario; la segunda, de la existente entre lo trascendente y lo incidental. La boda de Isabel Preysler y Miguel Boyer es tan real como la de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón; pero sólo ésta tiene relevancia histórica.
La nueva acepción acuñada para "histórico" lo refiere a "algo que no ha ocurrido antes", acotado por complementos circunstanciales: en el tenis español, en un programa, en los mercados de materias primas… En cuanto a "antes", aún conserva rastros de su significado, pero los erradicaremos tan pronto como nos desprendamos del pasado por entero y logremos, al fin, que la historia comience cada día. Es cuestión de insistir.
No más víctimas (ABC, 5-6-2008)
Los profesores, periodistas, concejales, empresarios o jueces vascos que viven con una sombra guardándoles la espalda han de saber que la sociedad está con ellos, comprende su dolor y se va a encargar de sus necesidades. Hay que felicitarse, pues, de la moción aprobada en el Congreso con esos objetivos. Sin embargo, tengo mis reparos hacia el modo elegido para hacerlo: ampliar el concepto de víctima. Se propone considerar tales a quienes, como Regina Otaola, Vicente Itxaso o Mikel Azurmendi, son agredidos por filoetarras, viven amenazados de muerte, o se han marchado de la Comunidad Autónoma Vasca. No es una víctima todo el que vive marcado por los actos de ETA, sino más bien quien padeció su daño de manera fortuita y generalmente pasiva, incluso cuando se expuso para evitarle a otro la agresión.
Por el contrario, la vida de los amenazados está definida por la acción, por su respuesta frente a la coacción de ETA; han asumido la responsabilidad de participar en la vida pública a sabiendas del precio que pagarían. No son seres pasivos, sino sujetos activos que han tomado la decisión libre, consciente y admirable de no someterse a la tiranía del silencio. No pretendo establecer la superioridad moral de nadie, sino señalar que la voluntariedad otorga a los actos de esas personas una carga política que nos resulta imprescindible. Al llamarlos "víctimas", como a Irene Villa, que contaba doce años cuando sufrió un terrible atentado, diluimos la dimensión política de su elección. Y es precisamente esa dimensión lo que más necesitamos. Si resulta imprescindible una etiqueta legal para protegerlos, los diputados deberían considerar que la condición de los amenazados se asemeja más a la del héroe que a la de la víctima.
La basura inmigrante (ABC, 2-6-2008)
Europa es ese continente que ha aprendido a reciclar el vidrio, pero arroja al vertedero la mano de obra una vez utilizada. Lo hemos previsto todo: este ejemplar de periódico se lee, envuelve la vajilla de una mudanza y aun llega a la fábrica de pasta de papel en condiciones de convertirse en una libreta escolar. ¿No es entrañable? Somos tan metódicos los europeos, tan rigurosos, cuando en la intimidad de nuestras cocinas nos molestamos en discriminar los residuos orgánicos de los inorgánicos… Qué exquisitez, qué sensibilidad la nuestra, capaz de convertir una piel de plátano en compost para las petunias del Retiro. Allí donde sólo hay materia inerte, nuestra creatividad pone una segunda vida. El genio civilizador de Europa brilla cada día en los cubos de basura.
Por desgracia, nuestro talento no siempre nos permite resolverlo todo; a veces nos ofuscamos, como nos está ocurriendo con los extranjeros. Ha llegado la crisis económica y, en consecuencia, el paro. El problema no es que haya inmigrantes ilegales, sino que no hay trabajo ilegal para darles, como hasta ahora. Venían haciendo posible el milagro económico, el crecimiento ilimitado, el boom inmobiliario y no sé cuántas cosas más, pero su vida útil ha expirado de súbito. Ante un error de sistema semejante, sólo cabe darles la respuesta del informático desconcertado: sal y vuelve a entrar (cuando se pueda). Aturdidos por el miedo como estamos, empezamos a hacer torpes juegos de manos -que aprendan la lengua, que firmen un contrato- sin saber exactamente si buscamos trucos para integrarlos o coartadas para echarlos.
No estamos razonando bien, no estamos explotando nuestras probadas habilidades para el ilusionismo. ¿Acaso hay algo más mágico que sacar un parterre de petunias de entre la podredumbre de una piel de plátano? ¿No deberíamos recurrir a la inspiración del genio civilizador europeo allí donde se halla en todo su esplendor? Ya que somos maestros en el arte del reciclaje, ¿no podríamos tratar a los inmigrantes como a la basura?
Si por algo tengo depositadas grandes esperanzas en el Gobierno de Berlusconi es porque parte de esa premisa. Se dispone a convertir en delincuentes a cientos de miles de inmigrantes ilegales, cuando la ministra Mara Carfagno pregunta: "¿Y qué hago con la asistenta de mi madre?" Ella misma da un paso en la buena dirección cuando propone separar los residuos adecuadamente: "Hay que distinguir entre los inmigrantes-problema y los inmigrantes-solución". Claro, por Dios. Eso es imaginativo y no arrojarlos a todos al vertedero de un campo de retención, donde estarán privados de libertad hasta 18 meses, sin garantías judiciales. Hemos de segregar el despojo del desperdicio, la piltrafa del escombro. Y cuando sólo nos quede ese puro detritus que no merece una segunda vida, sabremos dar a los cuerpos la dignidad otorgada a toda materia orgánica, para que puedan, convertidos en humus, hacer florecer nuestros jardines y prestarnos un último servicio.
Ibarretxe, el estilo (ABC, 29-5-2008)
A diario la sintaxis nos presta, extra bonus, el servicio de revelarnos la naturaleza ajena. Deberíamos estar agradecidos, pero la humanidad muere sin reparar en ello. Buffon se dio cuenta hace 250 años, cuando a los franceses aún se les entendía: "El estilo es el hombre mismo". Su sentencia se confirma de nuevo en las dos preguntas de la consulta popular que planea Ibarretxe.
Dejo la segunda para otro día y me centro en la primera: "¿Está usted de acuerdo en apoyar un proceso de final dialogado de la violencia si previamente ETA manifiesta de forma inequívoca su voluntad de poner fin a la misma de una vez y para siempre?" El lehendakari pregunta a los vascos si, en el caso de que ETA quisiera poner fin a la violencia, estarían dispuestos a apoyar el fin de la violencia. Para chasco que dijeran: no, pediríamos a ETA que siguiera matando. Sólo pueden contestar que sí, pero al hacerlo, no estarán respondiendo al qué, sino al cómo. El estilo de Ibarretxe le permite ofrecer a los terroristas garantía de impunidad. La fuerza negociadora de ETA consiste en la amenaza de volver a asesinar, de manera que si, pese a haber renunciado a ella "previamente", "de forma inequívoca" y "para siempre", se le ofrece un "final dialogado" es para brindar una salida a los presos.
La forma en que esa perspectiva actúa sobre el presente de la banda –estos días se ha visto con la detención y recomposición inmediata de su cúpula- resulta fácil de entender para quien haya leído dos páginas de cualquier informe de Derechos Humanos: la impunidad, o la expectativa de obtenerla, estimula su vulneración. De manera que la pregunta, libre de las huellas del estilo Ibarretxe, se reformularía así: ¿Apoya usted la concesión de ventajas penitenciarias para los etarras si dejan de matar? A esa cuestión ya se puede contestar sí o no; este estilo ya sería otro hombre: uno que estimara la inteligencia de los ciudadanos y les concediera, sintaxis mediante, el verdadero derecho a decidir.
La derecha antisistema (ABC, 25-5-2008)
Nadie sabe si Rajoy resistirá las dentelladas que le alcanzan. La derecha furiosa, cuatro años aplicada a devorar al otro, acaba doctorándose en canibalismo. Como su experiencia en manifestaciones es reciente, ignora que, además de expresar una protesta, muestran la fuerza propia. Doscientos militantes, de 700.000, no dan para un cum laude, pero la furia nunca duda de su legitimidad, sino de la de los demás. Rajoy no puede decir lo que piensa de ellos porque las televisiones lo vetarían del horario infantil: la verdad siempre tiene dos rombos y los niños ya están viendo demasiado. Acaben pronto o perderemos una generación entera para la política.
El acoso de los caníbales revela su debilidad: quieren que Rajoy se dé por vencido sin pasar por el engorro de presentar un candidato alternativo. Si Juan Costa se decide, sus partidarios no podrán utilizar contra Rajoy el argumento de que no ganará a Zapatero. Costa tampoco. En todo caso, esa línea de razonamiento quedó abandonada cuando los enemigos de Rajoy se dieron cuenta de que conducía directamente a Gallardón. La segunda tanda de diatribas se ha armado en torno a la defección de Rajoy, que ahora se inclina a claudicar ante los nacionalismos. Esta maniobra se denomina en lógica "la falacia del hombre de paja": se crea un espantajo imaginario al que se identifica con nuestro adversario, se le atribuyen ideas que no ha expresado y se refutan. Así se puede dar al oponente por vencido o tacharle de traidor. Resulta eficaz para despertar recelos.
A estas horas, los caníbales no tienen ni argumentos ni candidato, pero siguen a dentelladas. No estamos ante una lucha de fulanismos o una pugna ideológica, se trata de estrategias. Una parte de la derecha busca la refundación empleando diversos métodos nuevos que se resumen en uno: impedir el debate. Es esa derecha que no deja hablar, aunque ella habla todo el tiempo a través de sus predicadores mediáticos, y bloquea la discusión con falacias constantes. La mentira es el eje de su discurso, como lo fue de los neocon americanos en sus buenos tiempos, o de los conspiranoicos. Esta derecha no valora lo razonable de las convicciones, sino la agresividad con que se defienden: el militante auténtico del PP es el que participa en la agitación callejera contra su líder, mientras los partidarios del diálogo son tachados de defensores del desistimiento, y los que se expresan con templanza, de acomplejados. A los adversarios de otros partidos les niega, sin más, legitimidad para debatir. Se trata de una derecha antisistema: no respeta las reglas porque se ha dado cuenta de que sólo violándolas puede lograr la hegemonía. Para los que creemos, con Camus, que en política los medios son inseparables de los fines, esta dinamitación del debate adquiere carácter ideológico. También la nueva derecha percibe que Rajoy no es uno de los suyos, pero no porque defienda ideas distintas, sino porque cree en las reglas del juego.
Birmania, agujero negro (ABC, 19-5-2008)
El ciclón Nargis ha hecho de Birmania el primer agujero negro con rango de país. En el sur devastado aún está pendiente de celebrarse el referéndum sobre una nueva Constitución que refuerza los poderes del Ejército. La Junta Militar lo aplazó al ver que la única preocupación de los damnificados era sobrevivir; no obstante, les dio 14 días para reponerse y votar. A favor, se entiende. Esas dos semanas se cumplen el próximo sábado, de manera que al millón y medio de desplazados les trae cuenta ir regresando a su circunscripción; y a los 56.000 desaparecidos más les vale aparecer cuanto antes. Los 78.000 muertos oficiales han sido considerados un caso perdido.
Por desgracia, en el delta del río Irrawady grandes extensiones de tierra han quedado borradas de los mapas por el ciclón, aunque no se prevé que la Junta Militar modifique la cartografía nacional o corrija el censo para tomar en cuenta los cambios de población causados por su negligencia antes, durante y después del paso del Nargis. Lo importante es que, mediante el referéndum, el 92% de los votantes otorgue más poder a los militares, como ocurrió en el resto del país, donde la convocatoria se celebró puntualmente a pesar del ciclón. Y digo yo, si van a lograr la proeza de ganar un referéndum que se va a celebrar en un territorio inexistente con votantes desaparecidos, ¿qué más poderes quieren? Si con la Constitución vigente pueden bloquear los bidones de agua potable en la capital mientras la gente muere deshidratada en el sur del país, ¿a qué atribuciones superiores aspiran? Si con el régimen existente los gobernantes no encuentran trabas para impedir a las agencias humanitarias desplazarse a la zona donde la gente está muriendo de hambre, ¿qué queja tienen?
Después de navegar quince horas entre cadáveres flotantes, la corresponsal de la BBC Natalia Antelava recogió un testimonio revelador. Una joven de la aldea de Tabitha se dirigió a uno de los escasos lugares donde el Ejército reparte comida a la población, pero se le negó un tazón de arroz porque su nombre no figuraba en la lista de supervivientes. Si un simple oficial puede comunicarle a una muchacha que no está viva y, en consecuencia, privarle de alimentos para corregir la incongruencia administrativa, ¿se puede saber qué inconvenientes le ve la Junta a la Constitución actual? Sólo se me ocurre uno: ha mostrado al mundo que el desastre natural más mortífero es el poder omnímodo. Esta catástrofe tiene nombre propio, y no es Nargis, sino Than Shwe. El paranoico general ha hecho de Birmania un agujero negro que cada día sigue tragándose a miles de personas. Duerme tranquilo porque está salvando a los muertos de los peligrosos virus que transmite la ayuda humanitaria internacional. No olviden su nombre. Algún día habrá de ser juzgado por un tipo de crimen contra la humanidad hasta ahora desconocido.
Lenguas en conserva (ABCD, 3-5-2008)
A veces los legisladores dificultan el cumplimiento de las leyes. La Constitución asegura que "la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural", afirmación problemática por cuanto el patrimonio está constituido por bienes materiales. Y prosigue con un mandato: ese patrimonio "será objeto de especial respeto y protección".
Proteger una lengua es imposible porque se trata de una abstracción, que se concreta en los lenguajes particulares. En consonancia con ello la Constitución debería velar por que los hablantes de las distintas lenguas autonómicas sean respetados y protegidos en su derecho a usarlas.
Por esa grieta legal, el nacionalismo introdujo la cuña del discurso de la extinción: la fuerza del español es abrumadora, las restantes lenguas españolas desaparecerán, hay que salvarlas, etcétera. Dejando de lado el hecho de que el catalán y el gallego no están amenazados, y el vasco (con unos 700.000 hablantes) tiene por el momento la supervivencia garantizada, la noción de que alguien pueda actuar para conservar una lengua introduce una distorsión conceptual peligrosa. Se pueden restaurar las pinturas rupestres de Altamira pero, por no constituir un patrimonio tangible, las lenguas no son susceptibles de tratamientos de conservación. No se conservan en los museos, sino en los hablantes. Ni siquiera perviven en los textos: el latín está muerto por más que podamos leer la Eneida.
Las políticas lingüísticas se legitiman por la defensa de la lengua pero forzosamente, han de actuar sobre los hablantes, por eso provocan conflictos. Se sustentan en la supuesta necesidad de una "discriminación positiva" del vasco o una "igualdad de oportunidades" del catalán, ambos en desventaja, sin que se repare en el disparate de aplicar a las lenguas métodos de promoción social concebidos para las personas. Las consecuencias de ese delirio se plasman en proyectos como el de eliminar la línea educativa en castellano en el País Vasco: para dar oportunidades a la lengua se les quitan a los hablantes, que ya no se sirven de ella, sino que se ponen a su servicio. Llevada a sus últimas consecuencias, la idea conservacionista obligaría a un desagradable trabajo con lenguas realmente amenazadas. Mucho antes de que al yuchi le quedaran un puñado de hablantes, ya las madres de esa tribu india norteamericana hablaban a sus hijos en inglés, para no privarles de oportunidades laborales y sociales en el futuro, más allá de su pequeña comunidad. ¿Qué aguerrido lehendakari se hubiera atrevido a convencerlas de que hablaran a sus hijos en yuchi?
La frase más hilarante (ABCD, 19-4-2008)
El Club de Prensa de Francia concede anualmente el Premio Humor y Política, para distinguir la frase más hilarante pronunciada por un político. Hace unas semanas dio a conocer los seis finalistas de este año, entre los que se encuentran François Bayrou, por haber afirmado, la tarde de su derrota en las elecciones municipales: "Os lo prometo, tendremos otras victorias"; Bernard Laporte, ministro de Deportes, quien al desembarcar en Guadalupe aseguró: "Tenía ganas de ver las Antillas de viva voz"; y Jean-Pierre Raffarin, a quien se atribuye la frase: "Es necesario tener conciencia de la profundidad de la cuestión del sentido".
Los franceses siempre han gozado de una admirable capacidad para satirizar su vida política. La conservan incluso ahora que sólo queda confusión de su viejo protagonismo en el debate de las ideas. Este Premio en concreto fue instaurado por el Club del Humor Político allá por 1988, con el reconocimiento a un destacado hombre de la vida pública parisina, Jacques Toubon, quien afirmó: "Incluso en avión, estamos todos en el mismo barco". Dejó de concederse diez años después, cuando ya despuntaba el hoy ministro de Exteriores, Bernard Kouchner: "La contracepción debe tener sus reglas". De la mano del Club de Prensa de Francia, el galardón se reinstauró en 2002, con un jurado de altura, presidido este año por Jean Moin, todo un ex director de la agencia AFP.
En España, hasta donde yo sé, no existe algo así. Lo más parecido es el Premio a la Pregunta del Millón que concede cada año la Asociación de Periodistas Parlamentarios, aunque sus miembros se toman a sí mismos demasiado en serio. De hecho, el galardón es una pequeña travesura entre otros premios solemnes. Su alcance es limitado, porque sólo toma en cuenta preguntas parlamentarias y porque casi siempre se trata de una gracia voluntaria del diputado en cuestión. Probablemente no lo fue la del ganador de 1997, Carlos Mantilla Rodríguez: "¿Tiene prevista alguna medida el Gobierno para que el bacalao capturado por la flota española no se sienta discriminado con el de otros países?" Y es una de las mejores. Pero si instituciones con medios, como la Asociación de la Prensa o la Agencia Efe , se aplicaran al humor político, aunque sólo fuera una vez al año, con rigor y diligencia, podríamos encontrar a nuestro Jean-Louis Debré que, a propósito del separatismo en Córcega, aseguró: "No me imagino ni por un instante esta isla separada del continente".
Qué cien días más largos (ABC, 17-4-2008)
Albergaba ciertas dudas sobre la paridad, pero la reacción de la derecha oral y escrita así como la mamarrachada inaugural del Berlusconi absoluto me han abierto los ojos: es necesaria. La irritación de sus detractores pone fácil al presidente pasar por progresista y ganarse la complicidad de la mitad del electorado con sus golpes de efecto. No lo es el nombramiento de Carme Chacón, síntesis de una verdad histórica inadvertida: el valor, a la mujer a punto de parir, se le supone. Pero sí lo es, y contiene trampa, instituir un Ministerio de Igualdad mientras se relega la educación a un coche escoba asistencial, porque la instrucción pública es el instrumento fundamental del Estado para disminuir las desigualdades. De la importancia que Zapatero concede a los asuntos del intelecto da idea un efecto colateral de su nuevo gabinete: Jesús Caldera va a ser el gran timonel del pensamiento de izquierdas español. Aguanta la pedrá, que dirían en mi pueblo.
Esperaré cien días para enjuiciar a los nuevos ministros, pero no para recordar que cuando Federica Montseny ocupó la cartera de Sanidad y Asistencia Social en 1936 tenía 31 años. Así que Bibiana Aído no es la ministra más joven de la historia de España ni de la democracia, a menos que se agarren a unos meses arriba o abajo, como a un clavo ardiendo, quienes así lo han afirmado. Admito, no obstante que, siendo ambas de la misma edad, Montseny parecía más vieja cuando fue nombrada: había escrito más de 40 novelas y centenares de artículos, había leído a los principales pensadores políticos, y era conocida en toda España como oradora magistral. Le había cundido mucho el tiempo. Y aquí lo dejo, por lo de los cien días.
Salomón, S. A. (ABC, 7-4-2008)
Si la justicia fuera un ser humano, hoy o mañana se certificaría su defunción violenta a causa de un fallo multiorgánico, pero algo así no puede ocurrir, porque se necesitaría un juez que ordenara el levantamiento del cadáver. Éste es el quid de la cuestión: exhala sus últimos estertores un ente que sobrevivirá. De manera que todas las personas prudentes que abogaríamos en este instante por el cierre de los juzgados a cal y canto como medida cautelar frente al grave peligro que suponen, nos vemos obligadas a callar.
Algo hay que hacer, en todo caso. E intuyo que la imaginación desbordante de nuestros políticos está considerando la acción política más socorrida de los últimos veinte años, la panacea de todos los males: privatizar. Permite a empresas ruinosas convertirse en máquinas de dar dinero en poco tiempo; sirve para atajar la corrupción, como dejó claro Gallardón respecto al caso Guateque; y garantiza la eficacia. ¿Qué más podemos pedir para la administración de justicia? Sí, una última cosa: ordenadores. La gestión privada no hace ascos a la informática y hasta en la tintorería de mi barrio han abandonado las largas notas de entrega escritas a mano y el papel de carboncillo.
Gestionadas por emprendedores, surgirían por doquier empresas juzgadoras. Ya estoy viendo los rótulos: "Salomón, S. A.", "Ecuánimes & Co.", etc. Contratarían a los mejores jueces, lógicamente, y los despedirían cuando no encarcelaran a pederastas condenados. En los procesos prescindirían del procurador, como desaparecieron los ascensoristas; y todos se esmerarían en tener sus bases de datos actualizadas para ser competitivos. Por añadidura, no habría huelgas, y en caso de conato, el gerente del juzgado no tardaría dos meses en sentirse dispuesto a negociar con los trabajadores. En lugar de un CGPJ que usara las estadísticas reveladoras de la calamidad reinante como material de lectura en el excusado, tendríamos una patronal judicial que no se metería en dibujos políticos. Y tan ricamente.
Se dirá que uno de los tres poderes, el mismísimo pilar del Estado de Derecho, no puede privatizarse, opinión que obedece a prejuicios antiguos. Desde hace más de 80 años, se tiene por cierta la afirmación de Walter Lippmann, según la cual la prensa también constituye una pieza esencial en el engranaje de la democracia, y los periódicos los hacen empresas privadas sin que nadie lo considere una anomalía. Del mismo modo que ellos se dedican a la "manufactura del consenso", en palabras de Lippmann, los juzgados privados prestarían servicios de equidad. El millón y medio de sentencias pendientes de ejecución, las pilas de papeles en los juzgados, todos los vestigios del siglo XIX, desaparecerían con el empujoncito de unos costes de transición a la competencia o una declaración de la justicia como zona catastrófica. Puede sonar extraño, pero todo es ponerse. Y me apuesto algo a que ningún responsable político con competencias en la materia, nacional o autonómico, de derechas o de izquierdas, tiene una idea mejor.
Miedo a la luz (ABC, 24-3-2008)
No pierdan de vista este neologismo: panicología. La disciplina ha irrumpido con fuerza para explicar los comportamientos de pánico de la sociedad, algo especialmente necesario cuando se roza el absurdo: en Estados Unidos, el miedo a volar que provocaron los atentados del 11-S llevó a mucha gente a cambiar el avión por el coche para ciertos desplazamientos. A consecuencia de ello, al año siguiente hubo 1.500 muertos más en las carreteras. El miedo resultó ser tan letal como la mitad de un 11-S, aunque los muertos en accidente de tráfico carecieran de la fuerza del aluvión terrorista.
El miedo permite ver la ilimitada destructividad de la estupidez humana. Si se preguntara a padres y madres acerca de las precauciones que toman por temor a que sus hijos puedan ser víctimas de abusos sexuales, muchos contestarían que evitan dejarlos solos, limitan sus salidas, y encargan su cuidado a algún familiar cuando salen a hacer recados. Pues bien, según las estadísticas, la abrumadora mayoría de los abusos sexuales a menores ocurren en el seno de la familia: un tío o un primo pueden ser más peligrosos que un desconocido y, sin embargo, gozan de toda confianza.
Los accidentes laborales constituyen una grave amenaza que acecha emboscada en la rutina: el año pasado 1.152 personas murieron en España a causa del siempre desatendido riesgo que entraña trabajar. En 2006, el año de la psicosis de la gripe aviar, fallecieron 1.352 trabajadores, aunque suscitó mucha mayor atención aquel somormujo que pasó a mejor vida en un humedal de Álava a causa del virus H5N1. La triste suerte del somormujo produjo un descenso brutal en el consumo de pollo; en cambio, la muerte de 1.352 personas no tuvo consecuencia alguna; que sepamos, no repercutió en el absentismo laboral lo más mínimo. Al contrario, la preocupación más extendida respecto al trabajo suele ser perderlo, pasando por alto los peligros de tenerlo. Algo parecido ocurre con los maridos.
Lo de menos es que el temor nos induzca a tomar decisiones erróneas, la cuestión es que el miedo mismo es una emoción equivocada, fundada casi siempre en un error de juicio: el ser humano calibra mal los riesgos. Un defecto de fábrica que se agudiza hasta convertirse en trastorno en el caso del homo videns en la era del terrorismo. Los estrategas de los medios audiovisuales están comprobando que sus campañas de "sobrecogimiento y espanto" –el célebre shock and awe de Dresde, Hiroshima o Iraq-, producen rentables picos de audiencia. El exceso de noticias, la magnificación de riesgos irrelevantes, la distorsión de las amenazas, y su presentación fragmentada o descontextualizada, son fenómenos a los que la panicología deberá prestar atención. Y es probable que llegue a una conclusión inédita en la historia: los miedos más irracionales ya no nos asaltan en la oscuridad, sino en la luz.
La ideología acecha (ABC, 6-3-2008)
Que la Educación para la Ciudadanía es ideológica, dice el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Toma, claro. Menudos linces. Si algo lamento es que no hayan añadido a su hallazgo una exposición de cuán perniciosa puede llegar a ser esa ideología. No hablan de su carácter disolvente, su esencia subversiva, cómo alentó los movimientos revolucionarios de finales del XVIII y principios del XIX. ¿Sabe la gente que una cuadrilla de asamblearios franceses se atrevió a poner por escrito en agosto de 1789 que "la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las desgracias públicas y la corrupción de los gobiernos"? Pues eso es lo que debía recordar la sentencia, porque ahí empezó todo, ése es el sustrato ideológico de la asignatura, extendida por Europa como una epidemia: derechos inalienables, políticos y civiles, hasta para mujeres y homosexuales. Habráse visto.
Entonces se acuñó el concepto de ciudadano como lo entendemos hoy, con su repugnante carga ideológica. Con lo neutral que resultaba el de súbdito. La patulea de Cádiz trajo a España esa farfolla de la ciudadanía y desde entonces la intoxicación doctrinal no ha cesado de martillear ni un minuto. La Declaración de Derechos Humanos fue el acabóse: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos". Puag. Donde esté la asepsia de Gobineau o haya un imparcial teórico de la religión como única fuente de valores morales, que se aparte la bazofia ideológica. Lejos de los niños ese cáliz, que no contrasten los principios inculcados libremente por sus padres, porque luego hacen preguntas, y cansa tanto debatir durante la cena… Es mejor salvarlos del sistema político en que van a vivir. Tan ideológico, sí.
Ya tú sabes, mi amol (ABCD, 23-2-2008)
Los culebrones facilitaron la mayor oleada de globalización del español. Gracias a las telenovelas venezolanas, nos vimos todos diciendo "chévere" y vocablos similares que se pusieron de moda hace varios lustros. Para la comercialización internacional de las series mexicanas, colombianas o argentinas fue necesario un largo proceso de depuración del idioma que explicaba a la perfección Humberto López Morales en La globalización del léxico hispánico. El fin de aquellos libretos era lograr un lenguaje sin localismos que impidieran la venta del producto más allá de sus fronteras, pero evitando también caer en un habla neutra, sin alma y sin gracia. En la mayor parte de los casos se consiguió.
La segunda parte de la globalización nos la han traído a domicilio los cientos de miles de inmigrantes hispanoamericanos que viven en España. En cualquiera de las grandes ciudades es posible oír hoy expresiones de todas las variedades dialectales del español. Puede un porteño espetarnos en una parada del autobús: "Che, qué cosas hacés"; un cubano aconsejarnos para aplacar nuestro enfado: "No cojas lucha, chiquitica"; un colombiano interesarse por "¿qué dice el man?"; un nicaragüense contarnos todas las "huevonadas" que ha escuchado por televisión; o un venezolano preguntarnos: "¿Qué vaina es ésa?".
Miles de expresiones que escuchamos ahora en cualquier tienda de barrio presentan la enorme ventaja de que no han pasado por el filtro de ninguna Delia Fiallo, aunque sí lo habrán hecho por el de los propios hablantes. Como si se tratara de libretistas no profesionales, su conocimiento y su intuición lingüística les ponen al tanto enseguida de cuáles son las palabras menos universales de nuestra lengua. Sin renunciar a su idiolecto particular, un ecuatoriano no habla igual cuando está con compatriotas que cuando lo hace en una reunión de españoles. Las personas viajan y con ellas sus peculiaridades lingüísticas que, gracias a la sólida base común del español, acaban siendo comprendidas. Y no sólo por los españoles: también entre ellos se extrañan de ciertas expresiones.
En alguna ocasión contó Manuel Alvar sus peripecias para recabar los materiales del Atlas Lingüístico de Andalucía en los años cincuenta: su trabajo de campo incluyó viajes en diligencia para llegar a algunos de los pueblos remotos donde entrevistó informantes. Y eso tratándose de Andalucía. Los dialectólogos lo tienen hoy mucho más fácil: podrían elaborar un catálogo de expresiones hispanoamericanas sin salir de Madrid.
Ahorita les bastaría con afinar el oído en un par de locutorios, cuate.
Apaciguamiento (ABCD, 9-2-2008)
Hasta hace una década, apaciguamiento era sinónimo de Chamberlain. El verbo podía emplearse en contextos diversos: se apaciguaban los ánimos, una tormenta monetaria, una situación tensa. Sin embargo, el sustantivo poseía un sentido específico para un periodo histórico muy concreto, tal como recoge en su único ejemplo el Diccionario del Español Actual: "La política de apaciguamiento que las democracias occidentales propugnaban no hacía sino alentar las políticas de guerra de Alemania e Italia". Desde el año 1939 la palabra vive cargada de connotaciones negativas, a pesar de que, como señala Hobsbawn en su Historia del siglo XX, en su momento el apaciguamiento fue una opción sensata para "muchos políticos occidentales que no albergaban sentimientos viscerales antialemanes o no eran antifascistas por principio".
El lastre histórico llevó al significado original de apaciguar (del latín, pacificar, es decir, "restablecer la paz") a especializarse en el sustantivo para aludir a un política de pacificación muy concreta: la que jamás logrará ningún compromiso duradero, porque el oponente con el que se quiere pactar la paz sólo busca desencadenar la guerra.
Los neocon rescataron la palabra de los manuales de historia para justificar la invasión de Iraq: de un plumazo permitía presentar la guerra como única salida al problema, luego inexistente, de las armas de destrucción masiva, y desacreditar cualquier otra solución. Porque lo singular del término apaciguamiento no es que califique el diálogo de error político o rechace las concesiones excesivas, sino que presenta toda negociación como un acto inútil.
Esa argumentación subterránea se ha extendido ya al ámbito general del terrorismo, de manera que la negociación no se considera conveniente o inconveniente, no es una opción más a la que se pueda recurrir o no según las circunstancias, sino que se ha convertido en mera disposición a ceder. En paralelo al desprestigio del diálogo como instrumento político –siendo el fundamental-, y a su equiparación con la debilidad, se da una creciente reivindicación del enfrentamiento, no importa cuál sea la posición ideológica que se mantenga. Desde la izquierda se critica ahora la "política de apaciguamiento" del Gobierno con la Iglesia. Y lo preocupante no es el fondo del argumento, que puedo compartir, sino la forma. Lo revelador de los tiempos políticos que vivimos es la marginación de palabras como atemperar, aplacar o contemporizar, con sus matices de búsqueda de avenencia, y la extensión al vocabulario político común del sombrío mensaje implícito del apaciguamiento: nos destruirán si no los destruimos antes.