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Herejes, monoteistas e infieles.

Letras libres. Octubre 2010

 

La izquierda se vuelve conservadora.
Claves. Mayo 2009.

 

Elogio del banquero anarquista
Claves. Marzo 2009.

 

No hay réquiem para el libro todavía
(Revista de Occidente.
Enero 2007. nº 308)

 

Veinticuatro horas de información:
el ruido como ideología

(Revista de Occidente.
Enero 2008, nº 323)

 

La censura del miedo
(Astrolabio. Revista internacional de filosofía. Año 2006. Núm. 2)

 

Herejes, monoteistas e infieles.

Letras libres. Octubre 2010 (enlace externo >>)

 


 

La izquierda se vuelve conservadora.
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Elogio del banquero anarquista
Claves. Marzo 2009. Descargar en pdf

 

A bocajarro, como los ciudadanos supimos del derrumbe de Wall Street y los desarreglos en el sistema financiero internacional, Fernando Pessoa presenta al protagonista de su relato El banquero anarquista. Se trata de un “banquero, gran comerciante y notable estraperlista”, que defiende ante un amigo perplejo su estrambótica adhesión política: “En mí la teoría y la práctica del anarquismo se hermanan y hallan sentido. Usted me ha comparado con esos bobos de los sindicatos y las bombas para hacer ver que soy distinto (…). Ellos son anarquistas en la teoría; yo lo soy en la teoría y en la práctica” .
He ahí la desconcertante declaración de principios de un personaje con el que Pessoa pretende pulverizar la aparente paradoja de un miembro del poder económico enfrentado al sistema. La contradicción es, sin duda, sugerente en estos tiempos de tribulaciones financieras. A medida que va quedando al descubierto el comportamiento de los banqueros en los últimos lustros, se va evidenciando cómo también ellos, siendo piezas constitutivas del capitalismo, lo han estado dinamitando con entera dedicación. Lo cierto es que ya hace diez años Susan George advirtió del peligro de que eso ocurriera en El informe Lugano, un híbrido de ficción y realidad -una “falsedad genuina”, en sus propias palabras- en el que la autora pone a un grupo de comisionados del Partido de los Trabajadores, muy preocupados por las amenazas que se ciernen sobre el capitalismo, a redactar un informe sobre cómo neutralizarlas para salvar el sistema.
Pese a las enormes diferencias de toda índole entre la obra de George y el relato de Pessoa, ambas se originan en contradicciones insoportables: la de los trabajadores interesados en salvar el sistema que supuestamente los explota y la del banquero entregado a destruirlo. No sin ironía, la insania cobra en ambas forma de racionalidad, y tal vez sea eso lo que las hace reveladoras de los aspectos más escurridizos de la crisis actual. Los muy materialistas esgrimen sus gráficos y estadísticas; desarrollan sus teorías acerca de cómo, por ejemplo, la inhibición del consumo debería lógicamente provocar un descenso de los precios… Y cuando eso no sucede, recurren al concepto de estanflación, que designa, según nos cuentan, una situación de estancamiento e inflación. Y así se van pasando los días: ellos describen, simulando explicar; y nosotros escuchamos, fingiendo comprender.
En tan desconcertante tesitura, tal vez la ficción pueda echarnos una mano clarificadora. Al fin y al cabo, parece bastante cierto, como ha asegurado Nick Paumgarten, que el tinglado recientemente desplomado tenía mucho de irreal: “En los últimos treinta años, Wall Street ha perfeccionado el arte de crear y vender productos financieros de una conexión cada vez más tenue con la realidad. Ha sido un periodo extraordinariamente creativo, un modernismo del dinero con una inclinación equivalente hacia la abstracción. Derivados relativamente simples evolucionaron hasta convertirse en artefactos crípticos” .
No sería acertado, pues, abordar sólo mediante consideraciones fácticas, y menos aún racionales, el derrumbe financiero: hace diez años, cuando George publicó su libro, las transacciones de los mercados de valores, especulativas, ya representaban cincuenta veces más que las de bienes tangibles y servicios no financieros . Desde entonces no ha hecho sino agrandarse la brecha abierta entre la economía llamada real y la que, por oposición lógica, deberíamos designar “de alucinación”, un delirio consistente, en palabras de Paumgarten, en que “durante años la gente se ha aferrado a la convicción de que se pueden obtener enormes beneficios con un escaso riesgo (…). Los financieros listos afirmaban que sus inventos podían conseguirlo. Sus colegas y clientes querían creerlo. Todos querían creer que sus seguros de riesgo crediticio podrían seguir asegurando los impagos de deuda” . Cuando la ilusión se evaporó, todo se vino abajo.
Lo resumió muy bien Bernard Madoff con la frase pronunciada el día de su detención por el FBI: “Todo era una gran mentira”, afirmación que no resulta válida sólo para su estafa, sino en general para la dinámica de cambalache adoptada por el dinero en los últimos tiempos. Dado el peso de la mentira y la ficción en el origen de esta crisis, resulta tentador espigar entre las falsedades de la literatura algo de verdad, donde quizá hallen sosiego los pequeños seres reales heridos por la crisis.

En su juego de ficciones y realidades, los obreros de Susan George advierten del peligro que entraña la concepción misma del sistema financiero y lo hacen con el siguiente razonamiento (en traducción propia y apresurada): “Los riesgos de un accidente financiero de grandes dimensiones se están intensificando; de hecho, nos sorprende que no haya ocurrido todavía. Debemos señalar aquí la volatilidad inherente a los mercados financieros como una grave amenaza a la economía de mercado” . Fieles al paradójico papel que representan, no obstante, los trabajadores no ponen el acento en la iniquidad que pudiera derivarse del funcionamiento desregulado de los mercados financieros o de la inexistencia de obligaciones tributarias sobre numerosas operaciones, sino en los riesgos que su dinámica entraña para el mismo funcionamiento del sistema en su totalidad. “Los especuladores individuales, las corporaciones, los bancos, los fondos de pensiones, etcétera, están cosechando enormes beneficios del sistema, pese a lo cual, ni se preocupan ni pueden preocuparse del sistema mismo, sean cuales sean sus propios intereses a largo plazo (…). La lógica del corto plazo mina el beneficio a largo plazo, los derechos inmediatos de cada operador se anteponen a la supervivencia del sistema que garantiza esos derechos” .
El “accidente financiero de grandes dimensiones” augurado en El informe Lugano ha tenido lugar. Por más que los proletarios –si se me permite el arcaísmo- inventados para la ocasión se emplearan en salvaguardar el capitalismo, sus advertencias contra ese establishment antisistema no sirvieron de nada: ellos pudieron más. Sin embargo, no queda nada claro si sus actos obedecían a despreocupación por el sistema o a lo contrario: su adhesión a las normas, e incluso a la norma suprema que dicta la eliminación de ellas, fue tenaz –y cómo podría interpretarse sino como leal celebración del propio sistema-, el entusiasmo con que se sumaron a la lógica del capitalismo financiero fue activo, y el respaldo que le dieron con sus palabras y sus actos resultó elocuente en todo momento. En todo caso, no caben dudas de que los banqueros han logrado la proeza de dinamitar la banca mundial y, con ella, el sistema, al poner en jaque la economía productiva, provocar la parálisis absoluta de los consumidores, la inhibición de los empresarios, la espantada de los inversores y una radical pérdida de confianza en el propio sistema. Ni el mayor ejército de soviets habría soñado en torcer con tanta maestría el brazo del hombre más poderoso de la tierra, George W. Bush, al que obligaron a tomar medidas intervencionistas contrarias a sus creencias neoliberales y al Estado mínimo, algo de lo que se lamentaba compungido en una de sus últimas comparecencias como presidente de Estados Unidos. A nuestra modesta escala también ha habido claudicaciones sonadas: el mismísimo presidente de la patronal española, Díaz Ferrán, llegó a abogar por la suspensión temporal de las normas de la economía de mercado. Con admirable diligencia, propia de presos sometidos a tormento, ambos reconocían la derrota de sus postulados, hasta convertir en razonable una sospecha aparentemente descabellada: ¿y si los urdidores de uno de los golpes más feroces propinados al capitalismo fueran banqueros anarquistas como el de Pessoa? ¿Y si los creativos financieros de Wall Street, los grandes banqueros, los gestores de fondos, los tiburones de las finanzas en sus jets privados no fueran más que militantes convencidos de que “la teoría anarquista es sólo una”, como afirma el personaje, y ellos representan su máxima encarnación, llevada a las últimas consecuencias?

En el retrato dibujado por el escritor portugués, el banquero anarquista se nos presenta como un minucioso razonador. A lo largo del relato, va desgranando de forma metódica sus argumentos para demostrar que su trayectoria vital ha estado guiada por las creencias anarquistas y el avance de la libertad, lo que le llevó a elegir el enriquecimiento desmesurado como la más eficaz acción contra el sistema. Lejos de entrar en colisión con sus ideas políticas, la acumulación de dinero es, en su lógica, la única acción consecuente con ellas. Su propia historia vital explica sus conclusiones políticas: fue un obrero humilde, rebelde ante la desigualdad, sobre todo aquella causada por lo que él denomina “las ficciones sociales”: la familia, el dinero, la religión, el Estado… En su juventud llegó a convencerse de que son esas ficciones las que esclavizan al ser humano, razón por la cual suscribe el ideal anarquista, cuyo modelo de sociedad es, a sus ojos, el más natural, es decir, el menos influido por las ficciones sociales, pues de acuerdo con su razonamiento lo natural es también lo verdadero y lo justo, mientras que lo ficticio se equipara con la mentira y la opresión, lo artificial. Cuando, en cierto momento de su vida, desengañado de las luchas colectivas, se entrega a la acción individual, se convence de la necesidad de combatir a la “ficción dinero”, por tratarse de la más importante. Puesto que no se pueden liquidar entes que no son reales, el único modo de atacarla, asegura, es acumular dinero en tales cantidades que le permitan no verse afectado por las servidumbres de su ficción, situarse por encima de él. El banquero anarquista lo plantea de esta forma: “¿Cómo subyugar al dinero combatiéndolo? ¿Cómo hurtarme a su influencia y tiranía sin evitarlo? Sólo de un modo –adquiriéndolo, adquiriéndolo en cantidad suficiente como para no sufrir su influencia; y cuanto mayor fuera la cantidad en que lo adquiriese, más libre estaría de su influencia. Cuando vi esto claramente, con toda la fuerza de mi convicción de anarquista y mi lógica de hombre lúcido, entré en la fase actual –la comercial y bancaria, amigo mío- de mi anarquismo”.
Transcurrido cierto tiempo, convertido él ya en “banquero, gran comerciante y notable estraperlista”, considera que su contribución al avance teórico y práctico de la causa anarquista ha sido significativo. Bien es cierto que esa victoria sólo le beneficia a él, pero esto no supone un demérito para su lucha, pues él no se había planteado mayores objetivos. Según su argumentación, resulta inasumible para cualquiera desencadenar la revolución social en solitario, por tanto, sólo podía aspirar al aumento de su propia libertad y eso ya constituiría un avance de la libertad general existente en el mundo. Porque además, razona, lo ha logrado sin crear tiranía nueva, al contrario que los grupos de propaganda anarquista en los que militó fugazmente, cuya organización colectiva reproducía patrones de dominación y, por tanto, creaba tiranía nueva. Puesto que la ejercida por él como banquero ya existía en las ficciones sociales, no debe tenerse en cuenta.
A lo largo del relato, el lector asiste estupefacto a una cadena de argumentaciones similares a las que acabo de resumir, muy bien engarzadas, incluso coherentes, que por momentos llegan a sonar verosímiles. Su discurso, examinado con detenimiento, está sembrado de falacias, contradicciones, sofismas y, sin embargo, goza de una elevada lógica literaria, la lógica de lo falso, no muy diferente de la que ha envuelto durante décadas las transacciones de Wall Street que a todo el mundo parecían convincentes. Uno se siente seducido por la retórica bancaria –tanto la ficticia como la real- y aun aplaude sus sutiles armas de seducción; es consciente de que debe de esconder alguna trampa, y aun así le complace, porque espera beneficiarse de ella: mediante el disfrute literario en el caso del relato, mediante las ganancias a espuertas en los mercados financieros. Y las casi inaudibles objeciones que aquí y allá va planteando el perplejo amigo del banquero pessoano, un débil oponente, remedan las pequeñas advertencias también desoídas en el mundo real, como las de Susan George.
Es posible que Pessoa estuviera convencido de que las paradojas no existen y, sin embargo, la firmeza y el rigor con que el banquero defiende la coherencia de su vida, el aplomo con que plantea el ideal bancario-estraperlista como vía de salida a las ideas anarquistas, deja al lector la sensación de que los delirios de los ricos y poderosos en busca de legitimidad no conocen límites, porque la gran trampa bancaria consiste en que, al contrario que el resto de los mortales, pone la lógica al servicio de su desdén por la verdad. Por eso bajo una apariencia de sensatez, tras el hilo de razonamientos cordiales discurren tautologías, sofismas y aporías, de las cuales la más visible –en el mundo real- es la que pretende hacer pasar por razonable el hecho de que las ganancias producidas por la inventiva de los financieros fuera en su día a parar a sus bolsillos, pero ahora las pérdidas deban socializarse.
Lo que está en bancarrota es el sentido común. El razonamiento bancario sume al oyente en un bucle perverso, ya se trate del banquero anarquista pessoano o de los banqueros capitalistas de carne y hueso. Por no hablar de los gobernantes que han puesto dinero público al servicio de los bancos: la medida supuestamente racional consiste en que los trabajadores o los pequeños empresarios cuyos negocios han quebrado por falta de crédito pagan dos veces las consecuencias, una con su ruina y otra con sus impuestos, mientras los causantes del entuerto bancario no pagan nada, antes al contrario, son rescatados. Como le ocurrió a Victor Serge al leer El banquero anarquista, es inevitable la sensación de que nos hallamos ante un “demente lógico”, pues sólo una lógica demente puede hacer pasar por un bien social esa salvación providencial que permite eludir las consecuencias de la crisis a quienes la han causado, y hace recaer el castigo en quienes ya son víctimas de los excesos de los primeros: perjudicados por partida doble.
También el banquero pessoano elude toda responsabilidad sobre sus actos con una argumentación aparentemente impecable y que, como el discurso político, lo cifra todo a una crisis sistémica similar al crimen perfecto con que fantasea todo matón: que parezca un accidente. Acercándose al final de su razonamiento, el interlocutor del banquero le plantea, con bastante sentido común, que su enriquecimiento ha contribuido a la opresión, pese a ser su objetivo evitarlo: “Las condiciones de su lucha eran, no sólo crear libertad, sino no crear tiranía. Pero usted (…) como estraperlista, como banquero, como financiero sin escrúpulos –discúlpeme, pero uso sus palabras-, usted ha creado tiranía. Usted ha creado tiranía como cualquier otro representante de las ficciones sociales, a las que afirma combatir” . El banquero disputa su afirmación asegurando que la tiranía de la que él ha participado se hallaba ya en las ficciones sociales, y su objetivo era no crear tiranía nueva. Cuando su amigo replica: “Pero repare en que, según ese argumento, se puede llegar a pensar que ningún representante de las ficciones sociales ejerce tiranía”, el banquero corrobora la irresponsabilidad gremial: “La tiranía pertenece a las ficciones sociales y no a los hombres que las encarnan; éstos son, por así decir, los medios de los que las ficciones sociales se valen para tiranizar, como el cuchillo es el medio del que se sirve el asesino. Y no creo que usted considere que aboliendo los cuchillos se acaba con los asesinos… Mire… Puede usted destruir a todos los capitalistas del mundo, pero si no destruye el capital… Al día siguiente el capital, ya en otras manos, continuará, a través de ellas, su tiranía” .
Bien parece que los banqueros reales se ven a sí mismos con idéntica inocencia. Mediante hábiles falacias, el personaje pessoano presenta a los hombres como medios, con una voluntad a la altura de la de un cuchillo, y todo ello a pesar de que al narrar su vida ha insistido en su constante determinación de llegar a ser banquero, comerciante y estraperlista: la suya es una vida guiada por la voluntad, de la que asegura carecer. La sofística gubernamental no ha llegado a tal extremo, probablemente porque cuando le faltaban argumentos le ha bastado con tirar de fatalismo, pero la nula disposición a pedir responsabilidades a los causantes de la crisis resulta elocuente.
Lo bueno de los dementes lógicos –tanto el banquero anarquista como los banqueros capitalistas del mundo real- es que al final, o sea, ahora, no se logra ver cómo sus argumentos cristalizan sobre el mundo: la realidad acaba por desbaratarlos. Al concluir el relato pessoano, resulta demasiado evidente que, pese a su retórica, el banquero se ha comportado de tal modo que todos y cada uno de sus actos apuntalaban el sistema. De hecho, no se da noticia de que su lucha contra el sistema causara en él la menor grieta. Por el contrario, la adhesión de los banqueros reales al capitalismo que les ha permitido ejercer su derecho al beneficio hasta el límite, y obtener enormes ganancias, lo ha hecho saltar en mil pedazos. El banquero anarquista, queriendo en apariencia destruir el sistema, lo refuerza; los banqueros capitalistas, siendo sus declarados partidarios, lo destruyen. En eso vemos la insania de ambos, y las concomitancias de su comportamiento: “Trabajé, luché, gané dinero; trabajé más, luché más, gané más dinero; finalmente gané mucho dinero. No reparé en los medios –le confieso, amigo mío, que no reparé en los medios- me serví de cuanto pude –el estraperlo, el sofisma financiero, la mismísima competencia desleal” , lo dice un personaje ficticio, lo suscribirían muchos hombres respetables.
A la vista de lo cual, a los ciudadanos perplejos sólo se nos ocurre que, puesto que la demencia lógica es la forma acostumbrada de razonar en el gremio bancario, nos iría mucho mejor si al frente de las instituciones financieras se situaran auténticos desafectos, banqueros anarquistas como el de Pessoa que, a la larga resultan ser una garantía de estabilidad. La mayoría somos, al fin y al cabo, gente de orden. Y no resistiríamos otra embestida de los banqueros adeptos al sistema.

 

No hay réquiem para el libro todavía
Revista de Occidente. Enero 2007. nº 308.
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La gran biblioteca que Google planea edificar en la red ha embargado de júbilo a Kevin Kelly, director de la revista de nuevas tecnologías Wired, y ha sumido en el desconcierto y la melancolía a John Updike, todo un escritor. ¿No es paradójico? Google está escaneando una parte de los fondos de seis grandes bibliotecas: las de las universidades de Harvard, Stanford, Oxford y Michigan, así como la New York Public Library, proyecto al que se ha sumado recientemente la Universidad Complutense de Madrid. Aunque en el momento de escribir estas líneas se ha paralizado el escaneo por nuevos problemas legales con las editoriales, es presumible que, antes o después, esta gran biblioteca electrónica estará disponible en la red para el acceso público.
Resulta, sencillamente, fascinante. Pero no conviene que, demudados ante la magnificencia del proyecto, quedemos ciegos ante sus inconvenientes o creamos a pie juntillas todas las bondades que respecto a él se han escrito. En The New York Times Magazine, Kelly lo ha equiparado al viejo sueño de la biblioteca universal de Alejandría, concebida, según él, “para albergar todos los rollos de papiro existentes en el mundo conocido”. En realidad, el objetivo de Ptolomeo II cuando ideó la que sería la biblioteca más grandiosa del mundo antiguo no era almacenar papiros, sino sabiduría. Tres siglos antes de Cristo parecía estar mucho más claro que hoy que lo relevante de los libros no es su formato, sino su contenido. El rey egipcio ordenó recopilar íntegramente la literatura griega, en las mejores copias posibles, clasificar las obras y comentarlas. La biblioteca, sumamente completa, también contenía traducciones de obras literarias egipcias y babilonias. Se trataba, en suma, de un proyecto de conocimiento, de erudición, para el cual se contrató a sabios griegos a los que se ofreció un salario generoso y un lugar en una academia radicada en el templo de las Musas, el Museion, donde se albergaría la primera de las dos colecciones de la célebre biblioteca. La segunda, adscrita al templo de Serapis, se llamaba el Serapeion.
Uno de los sabios que trabajaron en aquel inmenso proyecto fue el poeta Calímaco, y uno de sus cometidos fue confeccionar una especie de índice de autores, sobre la base de los exhaustivos catálogos de la biblioteca. Sven Dahl en su Historia del libro cuenta cómo, a pesar de que la mayor parte de su trabajo se ha perdido, el conservado “confirma las excelentes cualidades de bibliotecario del viejo autor griego”.
Saltan a la vista las diferencias entre la biblioteca de Alejandría y el proyecto puesto en marcha por Google en “varias docenas de edificios en todo el mundo, con trabajadores por horas doblados sobre un escáner de mesa, que convierten libros polvorientos en objetos de alta tecnología”, en palabras de Kelly. También Ptolomeo podría haber contratado esclavos letrados para que copiaran rollos sin descanso. Le habría salido mucho más barato, pero el suyo era un proyecto intelectual, mientras que el de Google es un trabajo meramente técnico por una sencilla razón: todo el trabajo de catalogación, clasificación o comentario de los volúmenes ya se lo dan hecho las bibliotecas y las editoriales.
Sin esa labor previa, para la que resulta imprescindible el know how de gentes como Calímaco, el proyecto de Google resultaría baldío, pues en lugar de una biblioteca daría como resultado un marasmo de páginas deslavazadas, tan caótico que, más que ayudar al avance de la sabiduría, contribuiría al aturdimiento general. Los buscadores como Google, que Kelly elogia entusiasmado, son de gran ayuda cuando se quiere encontrar un título concreto de un autor; pero en las bibliotecas también se hace la operación inversa: consultar genéricamente un asunto para descubrir títulos desconocidos que pueden aportarnos información relevante. Con frecuencia un lector busca un libro, pero muy a menudo, lo encuentra, le sale al paso en los anaqueles: los motores de búsqueda de Internet son inútiles para este tipo de pesquisa incierta, necesaria y siempre sorprendente.

La patraña de la ‘democratización’
El mayor elogio que Kevin Kelly reserva para la gran biblioteca electrónica de Google es su presunto carácter democrático: “Al contrario que las viejas bibliotecas, cuyo acceso estaba restringido a la elite, ésta será realmente democrática, y ofrecerá todos los libros a todo el mundo”. O no ha pisado una biblioteca en su vida o es una de esas personas que se contenta con etiquetar como “democrática” la labor en que andan para blindarla contra cualquier posibilidad de crítica. Hace mucho tiempo que, al menos en Europa y Estados Unidos, las bibliotecas no son territorio de la elite. Las hay restringidas a los investigadores, para facilitar su trabajo, sin que por otro lado cueste mucho acreditarse como tal; las hay adscritas a una facultad o una universidad determinada; las hay autonómicas, municipales, de barrio, de las cajas de ahorros; existen bibliobuses que recorren los pueblos pequeños dejando libros y hasta en el Metro de Madrid, sin gran esfuerzo, se puede acceder a un servicio de préstamo para el que las gentes hacen cola... Cualquier persona interesada tiene ya a su disposición muchos más libros de los que seguramente podría leer en toda su vida.
No hace falta ni dinero, ni tecnología, ni costosos aparatos o programas informáticos que caducan cada seis meses para leer. Y es una suerte que así sea, porque aún en un país desarrollado como España, el 63% de la población mayor de 14 años no usa internet, según un estudio de la Fundación BBVA de octubre de 2005, pero no por ello están privados de la lectura.
En los países pobres es mucho peor, como todo. Allí faltan bibliotecas, pero también se carece de acceso a Internet, no porque la tecnología no sea trasladable a esas zonas del mundo, sino porque no hay dinero para financiarla. El proyecto de Google no acomete ninguna acción al respecto, así que no ofrecerá “todos los libros a todo el mundo”, como promete Kelly, sino sólo a los conectados.
Pero hay algo aún más importante: aún quedan grandes estratos de la población mundial sin alfabetizar, una cifra que oscila en torno al 15% de media mundial, pero que en algunos países alcanza proporciones escandalosas, como el 64% de Afganistán, el 68% de Mauritania o el 33% de Nicaragua, según el Libro de datos de la CIA. (www.cia.gov/cia/publications/factbook/fields/2103.html).
Por tanto, parece más digno de cualquier proceso que se denomine de “democratización” extender la alfabetización a esos 800 millones de personas, para los que toda esta polémica resulta superflua porque son incapaces de desentrañar los misterios del libro impreso añorado por Updike. En un discurso a los libreros pronunciado en la convención Book Expo de Washington, el novelista norteamericano aseguró que “los libros normalmente tienen lomos”, lo que implica conceder importancia primordial al objeto, exactamente igual que el tecnófilo Kelly, pero en nostálgico.

La fascinación del tecnopaleto
¿Alguien cree que los analfabetos existentes hasta ahora lo eran porque no se habían inventado los buscadores electrónicos o el escáner? ¿O será más bien por problemas políticos y sociales que Google no va a solucionar? A Kelly le gustaría quizá que cada nueva invención tecnológica nos revolucionara la vida, que equivaliera “a poner el pie en la luna”, en sus propias palabras. La fascinación del tecnopaleto, que abraza todo nuevo invento electrónico y desecha lo viejo sin mayores consideraciones, trasluce en su intencionado contraste entre el “viejo libro polvoriento” y el “objeto de alta tecnología”, es decir, apto para la vida contemporánea.
En el fondo, es una frivolidad no ver que lo importante no es el objeto libro, papiro, tablilla sumeria o pantalla, sino los bienes inmateriales que proporciona el texto al que lo lee: sabiduría, conocimiento, diversión, evasión, reflexión, entretenimiento. El autor, por su parte, se inscribe en el ansia añeja de contar historias, expresar pensamientos, soñar otros mundos, reflexionar sobre éste..., anhelos presentes en el ser humano no ya antes de Gutenberg, sino incluso antes de que se inventara la escritura, porque no están ligados a la cultura, ni a la tecnología, ni a la democracia, sino a esa facultad específicamente humana que es el lenguaje.
Kelly nos anuncia la buena nueva de que cuando Google concluya el gran escaneo “todo estará en tu iPod, la biblioteca de las bibliotecas paseará en tu bolsillo o en tu monedero”, como si lo crucial fuera poseer los textos, en lugar de leerlos. Me recuerda a ciertos compañeros de estudios que pasaban todo el primer trimestre abrumados por la presión de tener que leer una treintena de libros por asignatura y haciendo cábalas sobre cómo acometerían la tarea. Faltando 20 días para el examen compraban la lista íntegra de una vez, y así, teniendo ya los libros en los estantes de su casa, se relajaban de súbito; les bastaba pagar, mirar y tocar los textos para zafarse del estrés, pese a la evidencia de que les resultaría materialmente imposible leerlos antes del examen.
Resulta francamente peligroso que la apología del libro electrónico quede en manos como éstas, insatisfechas con las magníficas posibilidades que, en efecto, brinda para la investigación y la lectura, y empeñadas en convertir a la tecnología en artífice de una revolución autónoma, con voluntad propia. En nada cambiará nuestra vida llevar el Quijote en el bolsillo si no lo leemos, pero aprovechar ese Pisuerga para exclamar de paso que tal vez de la iPod nos enchufen los millones de volúmenes de la biblioteca de Google “al cerebro mediante cablecitos blancos”, como dice Kelly, son ganas de aumentar el pánico de los tecnófobos, aventando augurios sobre un hipotético futuro en el que los humanos seremos dominados por las máquinas. Parece más razonable pensar, puesto que voluntad sólo tenemos nosotros, que los frutos de la revolución tecnológica dependerán del uso que se haga de la tecnología. Lo mismo sucede con los martillos: sirven para colgar un Picasso en un museo y para matar a golpes a una persona.
La digitalización de textos aporta enormes ventajas para ciertos tipos de lectura y para determinados análisis de los textos, especialmente los de tipo lingüístico. El diccionario más original publicado en los últimos años en cualquier lengua, el Redes dirigido por Ignacio Bosque, que describe las palabras según su relación con otras, ha sido posible gracias a la informática. “Cuando empecé a barruntar el proyecto en que se basa Redes -escribe Bosque en la introducción- no existían los ordenadores, mucho menos buscadores SQL como los que hoy permiten construir programas de concordancia. Los datos estaban en los textos, y los textos en el papel; las observaciones se hacían en fichas y las fichas se guardaban en cajas, que se indexaban y se almacenaban con otras cajas. Una sola entrada larga de este diccionario hubiera llevado, sin exagerar un ápice, varios años de trabajo. Más aún, parece claro que la obra no habría podido llevarse a cabo nunca”.

A Google lo que es de Google
La posibilidad de almacenar cientos de textos proporciona rápidamente un corpus lingüístico de tales dimensiones que permite comparar, analizar y estudiar fenómenos hasta ahora prácticamente inabordables. Esto lo popularizará Google, pero no lo inventa. En el año 1994 tuve la ocasión de participar como becaria en un proyecto de digitalización de textos de los siglos de Oro dirigido por el profesor Eugenio Bustos Gisbert en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense. Consistía simplemente en proveer de un volumen de material representativo a investigadores interesados en fenómenos de evolución lingüística para los que resulta interesante precisar, por ejemplo, cuándo la desinencia del pretérito imperfecto de indicativo, tras muchas oscilaciones, quedó fija en -ía.
También los libros de referencia y consulta multiplican su valor cuando se hacen accesibles a través de internet, como es el caso de la Enciclopedia Británica o el Diccionario de la Academia, por citar sólo dos ejemplos (la primera de pago, el segundo gratuito) de instituciones que no han dudado en digitalizar lo más importante de sus fondos ya hace años. Si antes había que desplazarse a una biblioteca o tener un enorme salón donde cupieran todos los volúmenes de una vastísima obra de referencia, ahora se pueden consultar con un clic. También desde casa, y mediante una clave que acredite al internauta como estudiante de la Universidad de Londres, por citar un caso, éste puede consultar los fondos de revistas especializadas de todas sus facultades, algunas de ellas disponibles en las universidades españolas, otras no.
La digitalización de libros y los buscadores facilitan enormemente, sin ningún género de dudas, cualquier tarea investigadora. Ciñéndome a mi experiencia personal, para llevar a cabo la biografía de Federica Montseny pasé largas horas en la Hemeroteca Municipal de Madrid leyendo sus artículos en viejos ejemplares de publicaciones de los años 20 y 30, algo que no cambiaría mucho si hubiera de hacerlo cuando la biblioteca universal de Google esté disponible. Sin embargo, también tuve que dedicar tiempo y esfuerzo a leer muchos libros de autores de la época que en ocasiones me aportaron datos interesantes para mi trabajo y en otras me sirvieron de poco porque ni mencionaban a mi biografiada, algo que hubiera averiguado con un buscador en 30 segundos.
La lectura en formato digital es un gran hallazgo para este tipo de labores. Pero, como dice Bosque, “precisamente porque las máquinas nos proporcionan y ordenan con sorprendente velocidad los datos que les pedimos, debemos dedicar a la tarea de reflexionar sobre ellos buena parte del tiempo que antes empleábamos en conseguirlos”. En otras palabras, que lo primordial no ocurrirá en la iPod, sino en nuestro cerebro, como siempre.
¿Y los lectores?
Lo que resulta incomprensible es que para ensalzar las ventajas del libro electrónico haya que denostar los “viejos libros polvorientos” que Kelly retrata como antiguallas: proporcionan un placer muy inmediato y muy real a los que leen un poema en un sillón de casa, con el lápiz presto a subrayar una frase mágicamente creada; o a los que se enfrascan en una novela sentados al sol en una terraza, mientras se toman el vermú.
La visión del libro de Kelly, netamente despectiva hacia el sujeto de la lectura, da aún otra vuelta de tuerca cuando asegura que los libros impresos son estáticos y “permanecen aislados unos de otros” en las estanterías. Por el contrario, en la arcadia de la biblioteca universal de Google “ningún libro será una isla”, dice para elogiar el dinamismo de los libros que viajarán por la red. Sin embargo, el movimiento decisivo de un libro no es esa especie de ajetreo virtual, sino la influencia de las ideas en él expuestas, las imágenes creadas, las agitaciones neuronales que desencadena. Quien diga otra cosa habla de libros sin pensar en quien los lee: aunque no se mueva de la silla, no hay nada más dinámico que una persona ante un libro abierto. Lo sabía muy bien Goebbels, doctor en Filología, que el 10 de mayo de 1933 dio por inaugurada la gran quema de libros en la Opernplatz de Berlín con frases como “el anterior pasado perece en las llamas”, según relata Fernando Báez en su excelente Historia de la destrucción de libros. A continuación comenzaron a arder unos 25.000 ejemplares, entre ellos obras de Marx y Freud, de las que no se puede decir que no hayan provocado movimientos...
Precisamente porque los “viejos libros polvorientos” nunca han sido islas desconectadas unas de otras, sino que a menudo han servido para poner a la gente en relación, todas las dictaduras han tratado de establecer lo qué debía ser leído y lo que no, para forjar ciudadanos más manejables. Y dado que la predicción expuesta por Heinrich Heine en 1820, “allí donde queman libros, acaban quemando hombres”, se cumplió milimétricamente en el caso del III Reich, primero con las hogueras y luego con los hornos crematorios, debería importarnos lo que les ocurra a los libros. Sus avatares están indisolublemente unidos a los de la especie humana, pero no en lo relativo a su formato, sino en el destino que sufran sus contenidos.
En la medida en que se respete al escritor –el único con autoridad para establecer la verdad sobre su texto- la biblioteca universal de Google será una importante herramienta de conocimiento. John Updike tiene razón al asegurar que fue la revolución de los libros, la que “desde el Renacimiento en adelante enseñó a hombres y mujeres a valorar y cultivar su individualidad”. Kelly, por su parte, ve como una consecuencia inevitable de la biblioteca de Google el que los libros acaben despellejados y destazados como conejos, gracias a los vínculos y las etiquetas de internet que permitirán acceder directamente a otro texto desde una nota al pie.
Una vez más, este recurso puede resultar muy útil o convertir la lectura en un caos, en una fragmentación absurda para la que no hay ninguna razón, salvo la voluntad de los autores de ser fragmentados, que tampoco es un invento moderno. En 1864, Baudelaire publicó Le Spleen de París. Pequeños poemas en prosa introduciendo el texto con esta singular dedicatoria: “Mi querido amigo, le envío un pequeño trabajo del que podría decirse, sin ser injusto, que no tiene ni pies ni cabeza, ya que por el contrario todo en él es ,alternativa y recíprocamente, pies y cabeza. Le suplico considere la admirable conveniencia que tal combinación nos ofrece a todos: a usted, a mí y al lector. Podemos interrumpir, yo mis cavilaciones, usted el texto, y el lector su lectura, ya que no pretendo mantener interminablemente la fatigosa voluntad de ninguno de ellos unida a una trama superflua. Retire uno de los anillos, y otras dos piezas de esta tortuosa fantasía volverán a encajar sin dificultad. Recorte varios fragmentos y advertirá que cada uno de ellos se sostiene por sí mismo. Me atrevo a dedicarle a usted la serpiente entera con la esperanza de que algunos de sus tramos le gusten y lo diviertan”.
Realidades fragmentables
Le Spleen de París era un texto fragmentario, como lo son muchos otros, entre ellos los libros de viajes o los de cocina que Kelly cita como ejemplos de fuentes que permitirán a los lectores de la biblioteca de Google construir su ‘estantería’ con las mejores recetas cantonesas o las mejores rutas de parques infantiles, tomadas de aquí y de allá. Equipara esa construcción de los lectores, de tintes comunitarios, a la que ya se practica en internet con las canciones, sin reparar en que muchos textos -quizá la mayoría de los de pensamiento, todas las novelas y muchos de los de poesía- poseen una unidad que ni los libros de recetas ni los discos tienen. Lo cual no significa que no se pueda escribir una gran historia rota sobre la fragmentación de nuestras vidas en la sociedad actual. Ya lo hizo magistralmente Calvino en Si una noche de invierno un viajero, sin necesidad de Google. Pero a nadie se le ocurriría fabricar un libro con el primer párrafo de Cien años de soledad, el segundo de Madame Bovary, el tercero de la Critica de la razón pura y así sucesivamente. Sin embargo, Kelly vaticina un futuro en el que “los libros, incluso los de ficción, se convertirán en una red de nombres y una comunidad de ideas”.
Las ventajas de acceder a todos los textos –los de bibliotecas lejanas, los de autores marginales, los descatalogados, los no comerciales- son grandiosas para cualquiera que ame el libro. Pero parece improbable que, salvo como divertimento de reminiscencias dadaístas, alguien que tenga a su disposición ese potencial textual se vaya a dedicar a formar un gran pastiche literario que se convierta en “un libro, muy, muy, muy grande: el único libro del mundo”, como augura Kelly. Francamente no le veo el interés, aunque reconozco que ese patrón de lectura a saltos, inconclusa, dispersa y siempre interrumpible se adapta como un guante a los requerimientos de la sociedad líquida, en la que la voluntad de leer 300 páginas seguidas empieza a juzgarse como un compromiso anacrónico.
Con todo, lo que agrava los riesgos de caer atrapado en la red, en lugar de moverse por ella, no es Google, sino el debilitamiento del autor como figura intelectual y la nula influencia social que se le reserva. Para los tecnófilos de última generación, el libro del futuro vendrá acompañado de una devaluación del contenido, porque la multiplicidad de copias le hará perder valor económico, y el cultural o el político no parecen entrar en sus consideraciones. Pero sobre todo dejará en la indigencia al autor, que es como matar a las abejas para conseguir miel. Y es una lástima que la crítica de Updike se dirija sólo contra esa tendencia a ver al autor como “un anuncio andante y parlante del libro”, pues eso está sucediendo ya gracias a la primacía de los valores mercantiles sobre los culturales en la industria editorial. Lo verdaderamente preocupante es la pérdida de autoridad de los intelectuales, la desaparición de su influencia en la vida pública, pareja al creciente desprecio a las ideas y la creación. Considerar que todos los discursos son iguales es la mejor forma de banalizar el debate intelectual. En esa banalización, las ideas se reducen a chascarrillos, el pensamiento se abarata hasta convertirse en cháchara de taberna y la complejidad se detesta porque no es divertida. A este proceso lo llaman democratización, aunque resulta evidentemente ventajoso para quienes ostentan el poder no encontrar enfrente discursos sólidos, articulados, coherentes y con prestigio. Si, como dijo Goethe, bajo una luz excesiva no se distingue nada, en la apoteosis del ruido no se oirán


Veinticuatro horas de información:
el ruido como ideología

Revista de Occidente. Enero 2008, nº 323
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En los anaqueles del departamento de souvenirs de El Corte Inglés está a la venta una selección heterogénea de lo typical spanish en caótica disposición: figuras de la bailaora salerosa –aquella que tantos años reposó sobre los televisores en blanco y negro-, junto al lomo ibérico precortado; castañuelas de lunares al lado del jamón de bellota; y guías del Museo del Prado no muy lejos de tortillas de patatas precocinadas. Representa la imagen perfecta del concepto de información imperante, el eclecticismo como “grado cero de la cultura contemporánea”, en palabras de Lyotard.
El desorden, la desjerarquización, y una organización anárquica son la divisa del comercio tal como lo reformula el llamado capitalismo tardío, una filosofía también extendida a los medios de comunicación, lo cual puede significar dos cosas: o bien la información ha entrado en la órbita del mercado y ha salido de la del conocimiento, o bien el conocimiento mismo ha pasado a contemplarse como cualquier otra mercancía. Tampoco es descartable que estén sucediendo ambos fenómenos.
Siempre ha habido información dura e información blanda -hard news y soft news, en la terminología anglosajona-, y resultaba sencillo distinguir ambas, entre otras cosas, porque se encontraban en publicaciones distintas. Pese a todas las críticas dirigidas contra El Caso en los años 80 por su explotación de los sucesos, hoy resulta evidente la ventaja de que esa información morbosa permaneciera confinada a un medio marginal en lugar de contaminar las páginas de toda la prensa llamada “seria” y obtener el prestigio de un lugar en sus portadas. Lo mismo ha sucedido con otros tipos de noticias intrascendentes, ahora diseminadas entre la información relevante: los cotilleos sobre los famosos, las últimas tendencias en decoración y estilo o los trucos de maquillaje que entraron en las páginas de los periódicos por la puerta trasera han ido ocupando un espacio cada vez mayor. Un buen día nos hemos encontrado con que la desaparición de una niña en un remoto pueblo de Portugal es la noticia de apertura de los periódicos serios de medio mundo o que la borrachera del cantante Melendi en un avión ocupa su espacio en el telediario de mediodía. Entonces nos preguntamos: ¿cómo hemos podido llegar a esto? Pues por lo mismo que la tortilla de patatas ha ido escalando posiciones hasta ocupar la misma posición jerárquica que la guía del Museo del Prado.

Sarkozy, el ecléctico
Mucha gente, entre la que me cuento, jamás compraría una tortilla de patatas que se vende al lado de unas castañuelas. Además del horror estético que me produce, juzgaría que la tortilla no puede ser de buena calidad y probablemente las castañuelas tampoco. Esta forma de pensar pertenece al paleolítico, pero sobre todo no es aplicable a la información. Como los lectores de un periódico suelen confiar en su criterio de jerarquización de las noticias –una de las razones por las que lo compran es porque coinciden con él-, la prioridad que le concede el medio suele inducir al lector a pensar que el acontecimiento tiene importancia. Los periódicos, por si acaso, se esfuerzan en conservar su prestigio mediante la inclusión de análisis, reportajes de fondo o artículos literarios.
En todo caso, para el lector la crónica de la desaparición de la pequeña Madeleine está a la mano: muchos que nunca hubieran comprado El Caso por más que les atrajera la intriga morbosa, pueden leerla en un periódico serio sin dejar de considerarse personas respetables. Algo parecido les ocurrió en Estados Unidos a los lectores de prensa no asiduos de las revistas pornográficas y que, sin embargo, pudieron seguir con interés el caso Lewinsky sin sentirse sucios ni dar explicaciones a sus hijos.
Aunque las nuevas generaciones considerarán que la mezcla anárquica es el estado natural de la información, en las redacciones aún provoca incomodidad. Los periodistas saben mejor que nadie que las trampas más sutiles siempre se han hecho con la jerarquización de la información. Se doblegan a los criterios del jefe de planta de El Corte Inglés, pero todavía sufren. Por eso se sienten aliviados si pueden lustrar una noticia blanda con cierta trascendencia, por ejemplo, cuando se casa el Príncipe. Como se trata de un asunto de Estado, se relajan, se desentienden de sus modelos, incluso se entusiasman. Así ocurre que la sección de Política informa con profusión de la pedrería del vestido de alguna comensal a pesar de que, obviamente, el Estado no se sienta concernido por esos detalles. El día que la esquizofrenia de los redactores jefes se libera de su camisa de fuerza se cometen los peores excesos.
Esa liberación, no obstante, sólo la permiten los personajes que son eclécticos en sí mismos, una categoría difícil de alcanzar, porque mucha gente conserva prejuicios absurdos, como esos artistas que prefieren ser conocidos por su trabajo que por sus amoríos: serán antiguos. Así nunca lograrán la atención de los medios. Isabel Pantoja, en cambio, la recibe cuando canta, cuando ama y cuando se enriquece de forma sospechosamente rápida. Nicolas Sarkozy ha comprendido la dinámica como nadie, por eso constituye el ejemplo más acabado de adaptación a esa demanda de eclecticismo que impera en el comercio de la información. ¿Queréis espectáculo? –parece haber dicho el presidente francés a los medios-, pues yo soy vuestro hombre orquesta, tengo de todo: desde la dignidad de la República hasta un corazón roto. Os puedo vender un acuerdo bilateral de cooperación antiterrorista con España, para salvar vuestra alma de informadores, o el sms que le mandé a Cecilia unos días antes de mi boda, para regocijo de los accionistas. ¿Alguien da más?

El manipulador manipulado
Los medios, naturalmente, lo compran. Adquieren el pack completo, porque cuando uno se habitúa a trabajar sin criterio acaba perdiéndolo. La gente con problemas de discernimiento es mucho más maleable. La manipulación que los medios ejercen sobre el público ha dejado de ser una cuestión principal, aunque sólo sea porque estamos avisados de ella, y lo crucial hoy es el riesgo de que ellos sean manipulados. El fenómeno no es nuevo y siempre ha recibido un nombre preciso: intoxicación. El poder político y económico la ha practicado con asiduidad, de ahí que los periodistas hubieran desarrollado aptitudes para manejar con reservas las informaciones procedentes de esas fuentes.
Pero ese instinto puede atrofiarse. La desaparición de Madeleine McCann puso de manifiesto que los periodistas carecen de toda salvaguardia frente a la manipulación por parte de gente de a pie, aunque al final resultara no serlo tanto: la familia estaba vinculada a miembros del Gobierno laborista, del que el padre esperaba recibir un cargo. Antes de que eso se conociera, no obstante, resultaba tan evidente para cualquier espectador que los medios estaban siendo manejados por los McCann que cuesta creer que ellos mismos no se percataran. En el fondo, el mercado de la información responde a estímulos muy primarios, por lo que no resulta difícil averiguar qué resortes tocar para tenerlos rendidos a los pies. ¿Que adoran las noticias con famoso? Pues pongamos dos, el Papa y Beckam: celebridades globales de look sofisticado y telegénico que ponen, respectivamente, una nota trascendente y otra popular: en la variación está el gusto. ¿Que quieren dramas humanos? No hay otro mayor: una familia decente y bien avenida, una pobrecita niña inocente, unos felices días de vacaciones y… La tragedia puede sobrevenirnos a todos en cualquier momento. No había cuerpo inerte de la niña, mármol de Carrara ni cincel de Miguel Ángel, pero el peluche de Madeleine en su regazo, bastó a la madre para caracterizarse como una Pietá de carne y hueso.
Los McCann utilizaron a la prensa para su propósito, aún incierto en el momento de escribir estas líneas: nunca hemos llegado a saber si vendieron magistralmente su historia por el afán desesperado de encontrar a su hija o por ocultar una negligencia propia. Pero el caso es que un hombre y una mujer desconocidos lograron crear un poderoso entramado emocional con medio mundo a través de los medios de comunicación, teniendo por toda arma un conocimiento preciso de los criterios del jefe de planta de El Corte Inglés y explotándolos en su favor. La prensa se dejó atrapar y a su vez nos embaucó a todos, con la puesta en marcha de una maquinaria de atención primero y de solidaridad después, que abarcó desde la recaudación de dinero para la búsqueda hasta la pegada de carteles con la foto de la niña. Para darnos cuenta de las dimensiones del fenómeno, basta plantearse unas preguntas: si algún día llegara a demostrarse la implicación de los padres en la muerte de la niña, ¿qué responsabilidad penal tendrían los donantes de fondos? ¿Podrían ser acusados de colaboración o complicidad en el encubrimiento? ¿Hasta dónde llega la inocencia del público?

Lo que la gente quiere
Contestar a esa pregunta resulta crucial por cuanto los empresarios de los medios de comunicación suelen escudarse en ese latiguillo tramposo de “le damos a la gente lo que quiere”. Al mismo tiempo recibimos información sobre lo que la gente quiere analizando las parrillas de la televisión y es un hecho que los programas morbosos se ven. Pero quizá ese círculo vicioso nos esté proporcionando una imagen distorsionada de las preocupaciones generales, entre otras cosas, porque en España, a ciertas horas, en todas las cadenas ponen programas basura: no hay opción.
El Pew Research Center americano, un centro de investigación especializado en evaluar la influencia social de los medios, ha hecho público recientemente el estudio Dos décadas de preferencia en las noticias, sobre la evolución en el interés ciudadano por determinado tipo de noticias (http://pewresearch.org/ pubs/574/two-decades-of-american-news-preference). ¿Qué cambios observó Michael J. Robinson al cotejar los datos de 165 encuestas realizadas durante veinte años (1986-2006) entre 200.000 personas? La respuesta es simple: ninguno. Son los medios los que han cambiado, no los gustos de la gente.
Las noticias que suscitan más interés entre los adultos norteamericanos de hace 20 años y de ahora que siguen la información de cerca son las relativas a catástrofes naturales o artificiales –terremotos, incendios, inundaciones-, que sigue muy de cerca el 39% de la audiencia. A continuación, con un 34%, se sitúan las económicas en un amplio sentido –empleo y precios sobre todo-. En la zona baja de la tabla, las noticias menos atractivas para la audiencia, son las que el autor llama “tabloides”, es decir, sobre famosos, que sólo obtienen un 18% de atención, casi tan escaso como el 17% de los asuntos internacionales. Según las tablas de Robinson, la política (22%) y los conflictos -terrorismo, guerra, violencia social- con un 33%, interesan mucho más al público que los cotilleos (p. 3). Aunque los datos puedan no ser extrapolables a España con precisión decimal, creo que responden a una tendencia general de las sociedades occidentales.
¿Se deduce de ellos que los medios se equivocan al dar relevancia a las noticias rosas? A juicio del autor, no, porque “en un ambiente tan competitivo como el de los medios de comunicación, pequeños movimientos se pueden traducir en grandes ganancias”. Robinson considera justificado, desde el punto de vista del beneficio empresarial, buscar nuevos nichos de mercado, por pequeños que sean, sin perder a los lectores de hard news ya conquistados.
En primer lugar, como ha señalado la periodista Soledad Gallego-Díaz, conviene situar la causa del cambio de interés de los medios en su justo lugar: “Lo que no es razonable es atribuir esas coberturas a las apetencias de los ciudadanos. De eso, nada”. (El País, 7-9-2007, p. 18).
Pero además, dado el consenso general en que hoy percibimos la realidad a través de los medios, resulta imprescindible reflexionar acerca de cómo el eclecticismo, la desjerarquización y los cambios en los temas introducidos por los medios afectan a nuestra percepción de la realidad.

Está pasando, te estás aturdiendo
En los años noventa hizo fortuna en los países de habla inglesa un vocablo que ha quedado acuñado para definir la mezcla de información y entretenimiento: infotainment (compuesto de information y entertainment). Infotainment no es una versión actualizada del clásico docere et delectare, como podrían pensar los más optimistas, no alude a la voluntad de presentar la información de manera instructiva y al mismo tiempo amena. Se refiere a la mezcla de noticias duras y blandas, al eclecticismo desjerarquizado como política informativa, a ese flujo incesante de 24 horas en el que el cotilleo sucede a lo relevante, lo morboso a lo trascendente, el sensacionalismo al análisis y la frivolidad a la opinión. Todo ello dominado por la urgencia más que por la importancia. Infotainment es el departamento de souvenirs de El corte Inglés, como ilustra la edición digital de 20minutos.es del 4 de marzo de 2008, a eso de la una de la tarde, cogida al azar. Primera noticia: “Zapatero ganó el debate, según los lectores de 20minutos.es”. Segunda: “Los embalses están un 16% por debajo del nivel que tenían en 2007”. Tercera: “La mejor agenda de conciertos de España”. Novena: “Rouco Varela vuelve a la Conferencia Episcopal”. Décima: “Le amputarán la pierna tras su brutal caída” (con foto de un tipo desconocido al que se supone esquiador porque lleva gorro de montaña). Undécima: “Uno de cada cuatro enfermos de cáncer sufre además ansiedad o depresión”. Duodécima: “Verino celebra 25 años en la moda española”. Y así sucesivamente. El aumento del paro ocupa el lugar 25º, junto a “El invierno no ha acabado, vuelve el frío” seguida de una tira con cuatro fotos de actores macizos y el pie: “¿Con cuál de ellos pasarías la noche?”.
Menciono este diario gratuito porque lleva a la exacerbación la filosofía del infotainment, no sin aclarar que los periódicos tradicionales, en su edición digital, se rigen por parámetros similares, aunque en menor grado algunos días.
El auge del infotainment tiene lugar en los años noventa, esa década en que el mundo parece por momentos un lugar apacible: ha acabado la Guerra Fría y aún no ha comenzado la mal llamada “guerra contra el terrorismo”. No es que los problemas estén solucionados, pero desaparece la perspectiva de una destrucción nuclear y eso resulta tranquilizador, lo cual provoca un descenso de la atención prestada a las noticias en general. Según el estudio de Robinson, el ya de por sí escaso 30% de ciudadanos que seguía las noticias de cerca en la década de los ochenta desciende hasta el 23% en los noventa y sólo recupera su nivel anterior en la década actual, parejo a la percepción de que el mundo se ha vuelto un lugar peligroso. Otra vez.
En esos años también se produce un importante cambio tecnológico pero, a juicio de Robinson, “mientras que el interés por las noticias parece cambiar como consecuencia de las circunstancias del mundo real, no se observa una alteración semejante como consecuencia de ‘la era de la información’ o las nuevas tecnologías”. El interés decreciente del público por las noticias en esa década obliga a los medios a buscar los pequeños nichos que les eviten sufrir pérdidas o les hagan aumentar las ganancias. ¿Nada que objetar? ¿Se trata de la legítima búsqueda de beneficio por parte de las empresas sin mayores consecuencias? A mi parecer las tiene. Y son graves. La cultura del infotainment –infotenimiento si acomodamos el anglicismo a la morfología española- cambia por completo el concepto de información. Si antes era comparable al menú degustación de un restaurante vietnamita, del cual uno necesita probar todos los platos para hacerse una idea de la gastronomía en aquellos parajes, ahora viene a ser el buffet libre que se nos ofrecería en un hotel de ese país: cada uno se sirve lo que le apetece hasta saciarse… Será por noticias. El menú degustación ofrece lo más representativo de una realidad ignota para que podamos conocerla, el buffet libre nos llena el estómago, pero nos deja sin saber si hemos aprendido algo o simplemente hemos reforzado nuestros prejuicios tirando por lo más digerible o lo menos temible: a miles de kilómetros de casa, unos huevos fritos con beicon pueden representar la opción más segura. Hay cosas por las que uno nunca llega a interesarse si no se las ponen en el plato y le dicen que ha de comerlas para enterarse de cómo es el mundo. Todo acto de conocimiento tiene algo de aventurero y violento, así sea sólo la lucha contra nuestra ignorancia y los conocimientos previos, pero los medios de comunicación han renunciado a ser el explorador de vanguardia, prefieren mostrar la realidad con su desorden natural. Como si una labor fundamental de quienes difunden cualquier tipo de conocimiento no fuera ordenarlo, se inclinan por aturdirnos más que por enseñarnos. Y encima tenemos que oír que la oferta del “sírvase usted mismo” equivale a la “democratización de la información”.

Veinticuatro horas de charlatanería
Alguien podría pensar que el buffet libre, el jefe de planta de El Corte Inglés, la cultura de las 24 horas de información, la primacía de la cantidad sobre la calidad, se resume en lo de siempre: los medios mienten. Por desgracia eso no es todo. Más que ante un mentiroso, estamos ante un charlatán, de acuerdo con la tipología establecida por el filósofo Harry G. Frankfurt: “El rasgo de sí mismo que el mentiroso nos oculta es que está tratando de alejarnos de una percepción correcta de la realidad (…). El rasgo de sí mismo que oculta el charlatán, en cambio, es que los valores veritativos de sus enunciados no tienen prácticamente interés para él; de lo que no hemos de darnos cuenta es de que su intención no es informar de la verdad ni tampoco ocultarla. La motivación que lo guía y lo controla prescinde de cómo son realmente las cosas”. El charlatán nos distrae, nos entretiene, y éste es precisamente el rasgo que hace más peligrosa la cultura del infotenimiento. Tanto para el mentiroso como para el veraz, eso que llamamos los hechos constituyen la materia prima con que elaborar su discurso. “Para el charlatán, en cambio”, en palabras de Frankfurt, “no hay más apuestas; no está del lado de la verdad ni del lado de lo falso. Su ojo no se fija para nada en los hechos, como sí lo hacen, en cambio, los ojos del hombre sincero y del mentiroso” (On Bullshit. Sobre la manipulación de la verdad. Barcelona. Paidós. P.69).
La elección de convertirse en charlatanes entraña, por tanto, mucho más que abarcar nuevos nichos de mercado. Es una opción fuertemente ideológica, en la medida en que también el rasgo característico de las ideologías, más que el ser falsas, es el prescindir de la distinción entre lo verdadero y lo falso. Podemos asociar la imagen del charlatán con un hombre dicharachero y despreocupado, que nos entretiene con su verborrea incesante, y hasta nos hace algún bien, al distraernos de la cruda realidad. Pero lo cierto es que para un periodista convertirse en charlatán conlleva perder de vista lo que en última instancia lo mueve, una elección tan radical como la de un buscador de oro que prescindiera de tener siempre presente el tamaño y el aspecto de una pepita. Acabaría sacando en su criba guijarros, chinas o bastoncillos, que de todo hay en los ríos, y a la larga cambiaría su criterio sobre cómo son las pepitas de oro. Como dice Frankfurt: “Tanto al mentir como al decir la verdad, la gente se rige por sus creencias acerca de cómo son las cosas. Dichas creencias los guían cuando tratan de describir el mundo (…). Por esa razón, decir mentiras no tiende a incapacitar a una persona para decir la verdad en igual medida que lo hace la charlatanería” (p. 73).
De manera inmediata las 24 horas de información del charlatán se convierten en 24 horas de ruido. El barullo y la confusión adquieren pleno valor ideológico cuando los medios, ya olvidados de valorar los acontecimientos del mundo y contribuir a la claridad de juicio de los ciudadanos, socavan su propio papel, ése que los convertía en agentes imprescindibles de toda democracia, pero siguen reivindicando para sí la noble función social abandonada en el camino mediante proclamas que representan el grado sumo de la charlatanería. Es como si el jefe de planta de El Corte Inglés sermoneara a sus clientes japoneses asegurándoles que vende tortillas de patatas y guías del Prado porque siente un profundo compromiso con la preservación de las raíces hispánicas y la unidad de la patria. Distraer de la realidad tal cual es y de la verdadera finalidad de los actos propios es un acto político de puro antipolítico: disfrazado de inhibición es una toma de postura activa a favor de la no conciencia de los ciudadanos respecto al mundo en que viven.
Las consecuencias a largo plazo pueden ser nefastas, pues los periodistas habrán olvidado cómo atarse los machos cuando vengan los tiempos difíciles, como vimos tras los atentados del 11-S. A muchos nos impresionaron las mentiras de Bush y la corte neocon, pero en el gremio periodístico la perplejidad mayor la provocó la complacencia de la prensa americana, su disposición a embucharse el pasto informativo que le suministraba la administración sin formular preguntas ni cuestionar el discurso oficial. Su actitud se ha explicado como consecuencia de la conmoción provocada por los actos terroristas o por un sentido mal entendido del patriotismo. Por mi parte, creo con Frank Rich (The greatest story ever sold. New York. The Penguin Press. 2006. P. 3) que ninguna de esas emociones hubiera logrado un efecto paralizador en los periodistas si la charlatanería de los noventa no hubiera abonado el campo. O como él lo pone: “Sólo una cultura saturada de 24 horas de infotainment, que había trivializado la idea misma de realidad, y con ella lo que una vez se conoció como ‘información’, podía ser manipulada con tanto éxito por el poder”.

La censura del miedo
Astrolabio. Revista internacional de filosofía. Año 2006. Núm. 2.
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Resumen: La sociedad europea no debería rendirse ante las exigencias islámicas de regular la difusión de imágenes ofensivas hacia su religión. La libertad de expresión no puede entenderse a medias, y sólo el Código Penal deber trazar sus límites. La autora critica a los partidarios de la autocensura porque la libertad y la tolerancia democráticas ya dan suficientes garantías a todos los que forman parte de la sociedad, al margen de sus creencias. La sociedad democrática no debe aceptar rebajas en sus derechos fundamentales para contentar a ninguna religión.


Abstract: The European society should not withdraw in front of the Islamic demands that images with a potential to injure their religion be regulated. The right to freedom of speech cannot be cut in halves, and only the Penal Code should be entitled to restrain it. The author of the text criticises those in defense of self-censorship basing her discussion on the fact that democratic freedom and tolerance are guarantees enough for all members of society, irrespective of their beliefs. No democratic society should accept cuts in its fundamental rights only with a view to please the members of a certain religion.


Si en los días de la quema de banderas y el asalto de embajadas danesas un marciano hubiera ajustado su telescopio para tratar de entender la ira de aquellos terrícolas iracundos, se hubiera quedado perplejo al descubrir que su furia no se desató en respuesta a sus gobiernos autoritarios ni por los presos de Guantánamo, en su mayoría musulmanes, ni por el trato discriminatorio que sufren las mujeres musulmanas en sus sociedades, sino ¡por un dibujo! ¿Realmente una caricatura en un periódico constituye la principal preocupación del Islam actual? No lo creo, pero si fuera así, pueden quedarse tranquilos: al menos en los próximos 30 años, nadie en Europa se atreverá a publicar un dibujo de Mahoma. Así que tenía razón el diario Jyllands Posten, que suscitó el debate ante la sospecha de que existía autocensura para representar al profeta de la religión musulmana. La discusión pudo haberse conducido con más tino, porque no es lo mismo quebrantar el tabú religioso representando a Mahoma, sin más, que identificarlo con el terrorismo poniéndole una bomba en el turbante. Eso es un exceso, lamentable, como los que se dan con cierta frecuencia: es el precio a pagar cuando se permite a la gente decir lo que piensa, y se suele solventar con la correspondiente petición de disculpas del medio.
Pese a la torpeza en su ejecución, hay que reconocer que el conflicto resultó clarificador: antes albergábamos la duda de si el temor a una reacción violenta estaba provocando autocensura en la prensa, ahora tenemos la certeza de que es así. Además podemos barruntar que también están atenazados por el miedo los cineastas, si les viene a la memoria la muerte de Theo Van Gogh; los escritores que recuerden la persecución a Salman Rushdie; y hasta los traductores que no hayan olvidado a Hitoshi Igarashi, asesinado por verter al japonés Los versos satánicos.
Y no faltará quien piense que podemos prescindir de ese dibujo de Mahoma, de esa película contra el sometimiento de las mujeres musulmanas y del libro de un apóstata, que podemos vivir sin ello y es mejor no molestar. Habrá bienintencionados que crean todo eso porque la realidad de hoy es un confuso laberinto de pasillos repletos de información donde nunca se encuentra el hilo que conduce a la comprensión de los hechos. Porque a las imágenes televisivas de odio les suceden los discursos chamánicos apelando al respeto, sin que nadie recuerde que los clérigos no buscan ser respetados sino temidos.
En los momentos críticos resulta más peligroso que nunca entretejer palabras vagas con ambigüedades y contradicciones, pero en aquellos días se hizo sin desmayo: desde la Casa Blanca, que es partidaria de defender la libertad con bombas, pero desaconseja hacerlo con viñetas, hasta un tertuliano al que oí decir que “no hay que ceder en la libertad de expresión, pero un poco sí”.
Pues no. Y sería muy de agradecer que los gobiernos europeos no eludieran nunca más la defensa inequívoca de la libertad de expresión, como hicieron aquellos días.
Porque si su discurso es tibio, estarán entregándole en bandeja la defensa del preciado bien de la libertad de expresión a las excrecencias neonazis y fascistas de nuestra sociedad. Sería descabelladamente paradójico. Se trataba simplemente de que los
poderes públicos dijeran con toda tranquilidad a imanes y clérigos que la prensa está para molestar y la creación crítica también. Pero no fueron tan claros. Y podemos vivir
sin una película como Sumisión y sin un libro como Los versos satánicos, pero no sin todas las películas y los libros satíricos o críticos con el fanatismo religioso.
La libertad de expresión y de crítica es mucho más que un valor occidental, es un derecho humano, recogido en el artículo 19 de la Declaración Universal. Eso significa que no sólo los occidentales debemos aspirar a ejercerla al máximo, sino que también debemos luchar para que se haga extensible a todo el planeta. No hay excepción cultural
ni religiosa cuando hablamos de derechos humanos. Que en aquellos días dirigentes europeos se plegaran y acusaran a ciertos medios de incurrir en la provocación por ejercer ese derecho, mientras se incendiaban embajadas, equivale a culpabilizar a una mujer violada por llevar minifalda: al menos deberíamos tener claro quién es víctima y quién verdugo.
Cuando se albergan dudas sobre si en el ejercicio de la libertad de expresión se han sobrepasado los límites, se recurre al Código Penal. El español castiga, en su artículo 525, la ofensa a los sentimientos religiosos, pero son los tribunales quienes han de dirimir qué se considera legalmente ofensivo. Para hacerse una idea, baste recordar que un juzgado archivó la querella contra el director de la obra titulada Me cago en Dios, porque consideró que se encontraba “a una distancia abismal” de la ofensa. No obstante, amparados por la libertad de expresión, los manifestantes pudieron acudir a la puerta del teatro para mostrar su indignación.
En ese marasmo de solemnes proclamas de nueve segundos se ha llegado a afirmar que el respeto es un valor fundamental de las sociedades occidentales, cuando sabemos que lo que va de la mano de la libertad es la tolerancia: no estamos obligados a respetar todas las ideas que campan por los periódicos o las radios, algunas de ellas francamente estúpidas, pero sí a tolerarlas. Por eso libertad y tolerancia se administran en iguales dosis, para facilitar la convivencia con los que piensan, sienten o creen de otra forma, y nos ejercitemos en tolerar a quienes expresan convicciones verdaderamente repugnantes.
De libertad y tolerancia ninguna de las grandes religiones monoteístas puede dar lecciones, porque todas cargan con una larga historia de persecución a los “infieles” y de opresión a los creyentes, especialmente a las mujeres. Si algo se ha conseguido en Europa, tras siglos de lucha, es instaurar la separación de la Iglesia y el Estado. Y a día de hoy es evidente que el cristianismo ha facilitado la instauración de mayores cotas de libertad y sabe convivir mejor con ella; el Islam, por el contrario, viste aún los ropajes del totalitarismo y sus clérigos aspiran a regular todos los aspectos de la vida social y personal, incluida la prensa.
Que los musulmanes no dibujen a Mahoma me parece excelente, pero pretender que se extienda a Europa esa prohibición es una locura: las admoniciones religiosas incumben a los que profesan un determinado credo y ninguna religión tiene autoridad para decirnos cómo debemos vivir quienes no la practicamos. El debate abierto por las caricaturas de Mahoma va mucho más allá de la libertad de prensa y concierne a todos los ciudadanos. Si cedemos en esto, no sólo se habrán ampliado las zonas de sombra en el siempre oscuro discurrir de la libertad de expresión, sino que además habremos aceptado que los preceptos del Corán - su interpretación más extrema, para ser exactos - son de aplicación universal.
Y esto nos perjudica a todos, porque los europeos nunca aceptaremos rebajas de nuestros derechos fundamentales para contentar a ninguna religión. Así que ahorrémosle sobresaltos al marciano diciendo bien claro que esto no versa sobre un dibujo, sino sobre los derechos humanos. Y que se tienten la ropa tanto los que puedan tratar de aprovechar el miedo para sembrar odio como los que intentan cuadrar el círculo contemporizando con el fanatismo religioso.

 

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